lunes, 19 de septiembre de 2016

Un ángel...la misionera catalana Isabel Solá Matas



Hay personas que jamás deberían morir. Isabel tendría que haber sido inmortal. Los ángeles rubios que dedican su vida a mejorar el mundo empezando por los lugares más castigados, deberían ser eternos. Como el ruiseñor de Harper Lee, la misionera catalana Isabel Solá Matas derramaba su corazón delante de aquellos a los que la sociedad cosmopolita convierte en simples números. Los suyos eran más de 300. Niños y adultos haitianos a los que el terremoto que golpeó al país caribeño en 2010 dejó mutilados. Más de 300 a los que la monja Solá fabricó piernas. Con sus manos y un poco de yeso y plástico, montaba prótesis en un taller a las afueras de Puerto Príncipe.
Poder contar su historia es un regalo para cualquier periodista. Tiene luz y drama. Lo segundo ocurrió en el país donde el triunfo de la muerte es aplastante. Lo supimos el pasado 2 de septiembre cuando dos balas cortaron las alas de la misionera. Estaba en medio de un atasco conduciendo su viejo todoterreno blanco cuando dos hombres se acercaron a la ventanilla del coche y le metieron dos tiros. Después le robaron el bolso y desaparecieron entre la multitud de vehículos. Isabel murió en el acto. «Seguro que ya ha perdonado a sus asesinos. Isa era así», recuerda su amiga Marta Guitart, secretaria general de la congregación de las religiosas de Jesús María, a la que pertenecía la monja de 51 años, la pequeña de seis hermanos criados en una acomodada familia de Barcelona.
Poder contar su historia ahora es un fracaso. Es injusto dar voz a una heroína que ya no la tiene. La primera vez que la alzó en Haití fue en 2008. Antes lo había hecho durante 10 años en otro país castigado, esta vez en África, en Guinea Ecuatorial. Era uno de los 13.000 misioneros españoles repartidos por el mundo. En Guinea se enfrentó con su palabra al régimen de Teodoro Obiang. No soportaba la opresión e injusticia a la que el dictador guineano tenía sometido a su pueblo. Siempre se ponía al lado del más débil.
Como hizo nada más llegar a Haití. Se impuso como primer objetivo aprender la extraña lengua local del país, el criollo (mezcla de francés y dialectos africanos) usada sobre todo por la población más extremadamente humilde (el 70%). Isabel sabía que para relacionarse con los pobres era imprescindible hablar bien su idioma. El francés le bastaba para defenderse entre ricos y autoridades.
Su misión durante los dos primeros años fue recorrer con una ambulancia móvil los poblados más desolados del país para vacunar a los niños. La religiosa era enfermera. Terminó la carrera en Barcelona tras acabar el noviciado en Madrid. También estudió Magisterio y se licenció años después en Psicopedagogía. Por eso daba clases a los niños en Puerto Príncipe y formaba a los profesores.
El mal le dio el primer aviso el 12 de enero de 2010, cuando un terrible terremoto destrozó Haití. La naturaleza se llevó por delante la vida de más de 350.000 personas. Casi dos millones perdieron sus casas -la población total es de 10 millones-. A Isabel le pilló a las 16:00 horas descansando en una de las tres comunidades que las religiosas de Jesús María tienen en el país.
Doce días después narró en su blog cómo se salvó de milagro: «El temblor fue horrible, salimos a la calle y nos tiramos al suelo. Cuando paró, me di cuenta de que la escuela de secundaria de al lado de casa se había caído y se oían gritos. Fui y había varios chicos muertos y una mujer con las piernas cubiertas por bloques pidiéndome ayuda. No la pude sacar», relataba la monja. Aunque es el primer párrafo de su carta el que golpea su perspectiva existencial: «Hay tanta gente muerta que siento que estoy muerta con ellos. No sé por qué estoy viva, me da rabia estar siempre entre los que tienen suerte. No sé qué quiere Dios de mí y de todo esto».
Su perspectiva cambió por completo. Se volvió aún más humana. El mismo día que la misionera escribió en su blog, este suplemento contaba cómo dos médicos españoles, que acudieron a ayudar tras la catástrofe, habían realizado medio millar de amputaciones en una semana. Haití se había convertido en el país de los mutilados.
Aquí es cuando la monja Solá entra en escena con un razonamiento rápido. Una nación no puede levantarse si está coja y manca. Por eso Isabel tuvo una idea necesaria: fabricar prótesis. Con ayuda, claro. Varias fundaciones y congregaciones religiosas españolas pusieron en marcha el llamado Proyecto Haití para crear un taller de fabricación de implantes y prótesis ortopédicas dirigido por la misionera catalana. Le enviaron desde Barcelona contenedores con todos los materiales necesarios para montar una unidad de atención médica para amputados. Varios técnicos y médicos viajaron hasta Haití para explicar a los trabajadores sanitarios locales del centro el funcionamiento. Isabel aprendió rápido la técnica. Con yeso en polvo creaba una escayola en forma de muñón y con eso dos técnicos de El Salvador le ayudaban a montar las prótesis cubriendo el molde con plástico de polipropileno ablandado en el horno.
En un edificio con jardín en la comuna de Croix-des-bouquets (a 12 kilómetros de la capital haitiana), ha ayudado a más de 300 haitianos que quedaron amputados por el seísmo de hace seis años. Como Simon Yousef, que perdió la pierna izquierda, y a su hermano cuando un edificio se les cayó encima. Estuvo dos días entre los escombros abrazando al cadáver. Isabel contó su historia hace cuatro años en el programa Misioneros por el Mundo. «Yousef llegó aquí triste diciendo que después de su experiencia ya nada le podía doler. Ahora ya sonríe porque tendrá su prótesis», narraba la mujer.
El 70% de los implantes que realizaban en el centro coordinado por Isabel eran piernas. Después de la operación, la monja les enseñaba a caminar en una sala de fisioterapia que montaron en el centro. Incluso a los niños les fabricaba también un casco de escayola para que si se caían al suelo mientras aprendían no se hicieran daño.
El cuerpo de la religiosa tras ser asesinada por dos hombres que intentaban robarla el pasado 2 de septiembre Bernard Delva En los últimos meses, la monja Solá había dejado el taller. Los haitianos ya estaban preparados para gestionarlo solos, y ella podía dedicar sus esfuerzos a otra tarea social. «Estaba muy contenta porque el local a las afueras de la capital donde estaba el taller lo iban a trasladar al centro de la ciudad al lado de la parroquia», cuentan sus compañeras religiosas. Hace pocos meses, su amiga Yudith, ingeniero agrónomo, recibió un correo suyo. La monja le preguntaba cómo podía reutilizar los residuos del yeso para hacer más prótesis. O abono. «Tenemos un montón de yeso que ya no sirve y me da dolor de corazón tirarlo. He leído en internet que se podría utilizar como abono», decía el escrito.
En las semanas antes de su asesinato, su cabeza inquieta estaba concentrada en construir escuelas públicas en un país en el que la mayoría de la población es analfabeta y el 92% de la educación privada. Todo un privilegio para un pueblo muy pobre. Su hermano Albert, arquitecto, la estaba ayudando en la edificación. «Ella siempre ha sido muy inconformista, nunca ha pactado con las injusticias», dice su familia.
Los cuatro hermanos Solá que quedan vivos estuvieron el jueves en Puerto Príncipe para poder enterrar a Isabel. También acudieron muchos amigos de la monja y autoridades locales. Todos se despidieron ante el féretro abierto en una emotiva ceremonia oficiada por el sacerdote Guy Poulard. «Haití necesita más gente como Isabel Solá. Una mujer que ha entregado sus últimos ocho años a la causa de los más desfavorecidos del país. Ha mejorado y salvado la vida de muchas personas», recitó el clérigo.
Es simple. Isabel no tendría que haber muerto. Estos días, en los medios locales haitianos, se ha hablado de las diferentes versiones del asesinato. Otro más en un país donde hay más de 1.300 homicidios cada año. La mayoría sin resolverse. La versión cerrada es la de un atraco aprovechando que la mujer estaba con el coche parada en medio de un atasco al lado de la Catedral de Puerto Príncipe. Dos tiros bastaron para acabar con una persona que había hecho tanto bien. La monja iba con una amiga haitiana en el coche, con la que vivía en un piso bajo en la casa de los misioneros españoles, 20 están ahora de varias organizaciones religiosas, que recibió también un disparo en la pierna y se está recuperando en el hospital. La otra versión, más conspiranoica, es que el bien de Isabel pudo molestar a algún capo oscuro del lugar y que por eso acabaron con su vida.
«No han matado sólo a una persona. Han destruido las esperanzas y la vida de mucha gente. A Isa le quedaba tanto por hacer...», suspira su amigo el reverendo Hans Alexandre. Miles de voces han rezado por la misionera catalana. Muchas de ellas lo hicieron a la vez durante la canonización de la madre Teresa de Calcuta en la plaza San Pedro del Vaticano. El Papa Francisco le dedicó unas palabras durante el Ángelus, agradeciéndole su gran labor humanitaria.
En su ciudad natal, Barcelona, el martes también se celebró un gran funeral en su honor. Allí hay una asociación religiosa, Enraizados, que ha organizado una campaña de firmas para pedir a la alcaldesa Ada Colau que dedique una calle a Isabel Solá. «Los valores de esta mujer han trascendido lo religioso. Ha sido un verdadero ejemplo de solidaridad», dicen.
El municipio barcelonés de Cabrera de Mar la vio nacer en 1965 y morir a miles de kilómetros de distancia 51 años después. Se crió en un entorno acomodado. Su padre, Antoni Solá, tenía una gran empresa de fabricación de tubos de aluminio. El hombre nunca estuvo de acuerdo con que su hija pequeña tomara los votos a los 18 años. Se fue a Madrid a hacer el noviciado. «No quería ser una religiosa más. Siempre decía que soñaba con perderse por los lugares más pobres del planeta y ponerse los zapatos de la gente pobre. Su signo siempre ha sido ayudarles», cuentan amigos de la juventud de Isabel, que regresó a Barcelona para terminar la carrera de Enfermería. Quería formarse para poder salvar vidas. Y su oportunidad le llegó en 1994 en Guinea Ecuatorial. Se instaló en un centro de la congregación de Jesús María en la pequeña y pobre ciudad de Ebebiyin. Allí dio clases a niños en la escuela durante cuatro años. Hizo un parón en su misión para estudiar Psicopedagogía en Barcelona y regresar a Guinea más formada para ser directora de la escuela. Una historia admirable de quién no tendría que haber muerto. El mal no ganará esta vez. Necesitamos más ángeles blancos.

http://www.elmundo.es/cronica/2016/09/15/57d7a3c1268e3ef05d8b463f.html

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