viernes, 3 de abril de 2015

Hotel Recuerdo Por Pablo de Santis

He conocido muchos hoteles misteriosos, pero los hoteles que a uno le resultan más enigmáticos son los de la propia ciudad. Aunque nunca fui, puedo soñar con ir a un hotel de China o de Egipto; me resulta mucho más difícil imaginar que duermo en un hotel en Buenos Aires. A veces miro a través del vidrio el hall de los hoteles de Callao o Avenida de Mayo, y pienso en los viajeros que llegan a la ciudad por primera vez, y les envidio esa mirada en la que todo está por estrenar.
Los hoteles, con su recambio de pasajeros, sus ruidos extraños, las vidas invisibles detrás de las paredes, siempre se han prestado para la ficción. Acostumbrado a la vida familiar, estar solo me parece una excentricidad que solo vivo cuando viajo. Son los hoteles en sí mismos los que me parecen el verdadero país extranjero, las puertas numeradas de una cultura exótica.
En cuanto a este cuento, lo escribí hace un par de años para el catálogo del Festival de Cine de Mar del Plata, que dirige el gran José Martínez Suárez. Al releerlo le hice cambios que alteraron por completo el sentido del cuento, espero que para mejor.

En abril de 1949 llegó a Buenos Aires Enrico Padula, un ingeniero italiano de 35 años. Lo habían contratado para hacer un puente en el sur de la provincia de Mendoza. Pero la obra se había retrasado y Padula se vio obligado a permanecer un mes en Buenos Aires. Como la empresa se ocupaba de los gastos, no se preocupó. Le gustaba la idea de pasear por la ciudad.
El ingeniero había perdido a su joven esposa el año anterior, a causa de una dolencia repentina. Había escapado de Milán porque en su ciudad todo le recordaba a su mujer. Le pareció que el olvido era una meta envidiable, y que el viaje ayudaría a conseguirlo. Su deseo se cumplió, pero ya había dejado de ser un deseo. Ahora, en la ciudad desconocida, sentía con terror cómo iba perdiendo el color de sus ojos, el sonido de su voz.
Decidió alojarse en la Avenida de Mayo. El Cosmos era un hotel de aspecto sombrío, pero lo prefirió a otros más modernos, como si correspondiera a su estado de ánimo. En el hall había un tazón con frutas maduras, peras y manzanas, y en el pasillo, sobre una mesita, un jarrón con ya marchitos jazmines. Le dieron una habitación amplia, con ventana a la calle, en el segundo piso.
La primera noche le costó dormir; recién a las tres de la mañana pudo cerrar los ojos, y entonces soñó con su mujer. Pero la soñó con tanta precisión que el sueño era un recuerdo. No la veía, pero oía su voz del otro lado de la puerta. Ella cantaba una canción napolitana, como hacía cuando creía que estaba sola. Sabía qué recuerdo era ése: una mañana él había salido rumbo a su trabajo, pero había tenido que volver a la casa porque se había olvidado las llaves de la oficina. Entonces la descubrió cantando, desnuda, recién salida de la ducha y se quedó mirándola sin atreverse a respirar.
La experiencia se repitió las noches siguientes: apenas el canto del otro lado de la puerta. Era un sueño amargo y dulce a la vez. En la mesa del desayuno, frente a la taza blanca del café con leche, Enrico fue alternando la sonrisa y la desolación. De pronto un caballero alto, de barba entrecana, que acababa de entrar al comedor, se sentó en su mesa sin pedir permiso.
–Usted recordó –dijo con voz profunda, y sonó casi como una acusación. Luego agregó–. Me presento: Rodrigo Lagarza. Tal vez haya leído mis artículos en la página literaria de La Nación.
Pero al ingeniero Padula nunca le había interesado la literatura. Había leído algunos libros en la escuela, y en los largos veranos, pero no había pasado de Corazón, El corsario negro, Los novios. Dijo quién era, a qué se dedicaba.
–Al hotel Cosmos lo llaman Hotel Recuerdo –siguió Lagarza–. Todos los que vienen aquí vienen a recordar. ¿Usted tuvo alguna experiencia?
Padula negó con la cabeza. Lagarza lo miró con desconfianza:
–No crea que es una fantasía de mi ocurrencia. Es un fenómeno científico. Cuando hicieron este edificio, utilizaron mucho cinc, por error. Usted, que es ingeniero, sabe que cuando en una construcción se utiliza cinc en cantidades excesivas el edificio pasa a ser lo que se llama técnicamente una estructura mnemónica. Una antena para captar recuerdos. Como usted habrá observado, todos los tónicos para la memoria se hacen con compuestos de cinc.
El ingeniero pensó que él nunca había observado nada semejante, que nunca se había puesto a pensar en esas cosas. El construía puentes, escribía cartas a sus padres y lloraba por las noches.
–Además –siguió Lagarza– dejan frutas maduras y a veces flores, porque los olores ayudan al recuerdo.
–¿Y usted, señor Lagarza, ha venido aquí para recordar? –preguntó Enrico en italiano.
–Vengo para recordar, sí, pero por un interés profesional. Estoy escribiendo la biografía de uno de nuestros grandes poetas nacionales, Martín Ignacio Dobral. De niño tuve la suerte de conocerlo, era un amigo de la casa. La última vez mi padre estaba en cama, y él se quedó conversando con mi madre y conmigo, en la cocina. En el momento de partir insistió en saludar a mi padre. Subió las escaleras y saludó desde el umbral: “Considéreme un sueño que viene a despedirse”. No dijo más. Esa noche tomó el tren a Luján y a la mañana siguiente, después de pasar la noche escribiendo cartas incomprensibles, se pegó un tiro. Al parecer una novia lo había abandonado.
–¿Y es esa última noche lo que quiere recordar?
–No, eso lo recuerdo sin ayuda. Ocurre lo siguiente: cuando él subió para saludar a mi padre, yo, que tenía diez años, descubrí un papel que sobresalía del bolsillo de su abrigo, colgado en un perchero. Y como era curioso y admiraba a Dobral, lo leí. Era un poema. En él trataba de evocar a la mujer que lo desvelaba. El recordaba demasiado, pero creyó oportuno hacer, quizá como antídoto, un poema sobre el olvido. Ese poema nunca fue hallado, debió haberlo tirado desde la ventanilla del tren. Desde entonces he tratado de reconstruirlo. La primera estrofa la recordaba ya desde niño:
La veía el domingo, primero la sonrisa
la mirada de almendra y la voz admirable.
La encontraba temprano, ella salía de misa
y yo volvía de una noche interminable.
La segunda fue apareciendo de a poco, durante las primeras noches en este hotel:
Nos vimos después en las tardes del verano
salía la luna con prefijada inconstancia
y serena y gentil me guiaba de la mano
por el país secreto de su secreta infancia.
A partir de aquí todo fueron dificultades. Una noche entera para que una palabra apareciera. Pero a los tropezones llegué hasta el verso número doce:
Vino luego esa noche que llamamos ausencia.
y apodamos olvido. Lo vivido, borrado.
Me quedaba su nombre y me faltaba su esencia.
Sólo en sueños recibía el rostro amado.
–Hasta ahí llegué. Los dos últimos versos no aparecen, no hay caso. Tengo el soneto trunco.
–En sus recuerdos, ¿es él quien le dicta?
–No, cada noche veo el perchero de caoba, el abrigo raído, y saco el poema del bolsillo. A veces los versos están casi ilegibles, o algo me interrumpe antes de terminar. Ya he perdido la esperanza de obtener esos últimos versos. Para colmo me estoy quedando sin dinero.
Enrico Padula creyó que ahora venía un mangazo, y salió del comedor con el pretexto de un trámite urgente en el consulado. Durante dos días no se cruzaron, porque Enrico acostumbraba desayunar más temprano que Lagarza, que a veces dormía hasta las doce. El ingeniero sentía un poco de envidia. El otro, aunque no pudiera llegar al final de su recuerdo, al menos había avanzado verso a verso; él en cambio siempre recordaba lo mismo. Noche tras noche lo visitaba la voz de su esposa, pero ella no se decidía a entrar. Se le ocurrió preguntar al conserje, un asturiano bajito y callado, si había algún cuarto mejor que el suyo para recordar.
–Claro, hombre –dijo el asturiano–. Cuarto 325. El mejor de todos.
–¿Puedo tomarlo?
–Está ocupado. Siempre está ocupado. Ahora es el señor Lagarza el que vive en él.
Esa tarde recibió un telegrama de la empresa: que se presentara en Mendoza cuanto antes. Si quería ver a su esposa debía apurarse. A la mañana siguiente retrasó el desayuno hasta encontrarse con Lagarza. Apenas lo vio le propuso:
–Mi amigo: como usted habrá adivinado, le mentí. He estado recordando a mi difunta esposa. Pude recuperar su maravillosa voz, pero nunca entra en la habitación, nunca permite que la vea. Sé que su cuarto es el mejor del hotel. Quiero que intercambiemos cuartos por una noche. Le pagaré por el favor.
Al principio Lagarza se mostró reticente, pero cuando el italiano puso los billetes sobre la mesa aceptó.
–Dejaré mi equipaje, si no le importa –dijo, mientras contaba la plata.
Enrico se fue a la cama temprano. En un rincón estaba el baúl de Lagarza, más voluminoso que el suyo. Había tomado té de tilo para evitar que el cambio de cuarto y la ansiedad le trajeran insomnio. Pensó en su esposa, rezó un Padrenuestro y un Avemaría y se durmió.
A las diez de la mañana del día siguiente los dos caballeros se encontraron en la sala del desayuno. Enrico ya había dejado su equipaje en el hall de entrada. En una hora partiría. Se sentaron junto a la ventana.
–¿Por qué tiene esa cara de tristeza? –quiso saber Lagarza.
–Ni siquiera oí su voz, como las otras noches. Estaba desolado. De pronto giró el picaporte. Le tendí los brazos a mi esposa. En cambio entró un hombre delgado, pálido. Cabello oscuro y desordenado, un traje negro, raído…
–¡Martín Ignacio Dobral!
–No le pregunté el nombre. Pero le hablé. Yo soy tímido en el aquí y ahora, pero conversador en los recuerdos, aunque sean ajenos. Le dije que esperaba ver a mi esposa. Que ya empezaba a olvidarla. Entonces él me respondió:
“Confíate al sueño, que es también reminiscencia
Y no al vano recuerdo, que es sueño equivocado.”
Y se marchó sin más.
Lagarza repitió para sí el mensaje y lo transcribió en el papel de los terrones de azúcar.
–¡Eran los versos que necesitaba! Enrico: gracias a usted he terminado el poema.
Efusivo, lo palmeó en la espalda. Pero su alegría contrastaba con la cara del italiano:
–Hice todo para verla. Y al final sólo recibí un mensaje para usted. Habría que avisarles a los recuerdos cuando uno cambia de habitación.
Rodrigo Lagarza borró su sonrisa de triunfo, que le parecía vana frente a la decepción del otro:
–No crea, tal vez esos versos eran más para usted que para mí.
Enrico se repitió los versos, como si los considerara por primera vez. Pero de pronto lo asaltó una duda punzante. Le costó reconocer aquel aguijonazo que hacía tanto no sentía: eran los celos.
–Y al dormir en mi habitación, ¿no soñó con mi esposa? ¿No la oyó cantar?
En realidad el canto era lo que menos le importaba.
Lagarza lo miró impasible.
–No soñé nada. Salí a la noche, bebí más de lo debido, volví al amanecer.
La respuesta causó cierto alivio al italiano. Cuando bajó, listo para marcharse rumbo a la estación de tren, ya su ánimo era otro. Atravesó el hall, vio a Lagarza sentado en uno de los sillones de la entrada, y le hizo un saludo con la mano. El otro no lo vio. Leía el poema completo y silbaba feliz.
Enrico ya había atravesado las puertas del Hotel Recuerdo cuando reconoció el silbido. Era la tonada napolitana que solía cantar su esposa cuando creía que estaba sola y que nadie la oía.
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-184346-2011-12-27.html

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