martes, 31 de julio de 2018

La Cuestión Judia. George Steiner




A un pedazo de tierra sin petróleo, con una población muy inferior a la de muchas metrópolis modernas, llegaron los representantes de 131 naciones. Tronos, dominios, potencias, monarcas, potentados, jefes de Estado, pontífices, primeros ministros, gángsters de todo el planeta se dieron cita en el entierro de Isaac Rabin. Unos movidos por el dolor y la condolencia, por la indiferencia zalamera o el oportunismo, otros; muchos secretamente satisfechos y llenos de odio. Pero allí estaban.
Llegados de todos los rincones del mundo, como jamás harían en cualquier otra circunstancia luctuosa. Está claro que existe la cuestión judía. Sólo la hipocresía o el autoengaño se atreverían a negarlo. El mapa político, la plétora de legados histórico-étnicos, el mosaico de sociedades, creencias religiosas, identidades comunitarias en nuestro planeta, es un hervidero de conflictos sin resolver, de enemistades raciales y religiosas, de reivindicaciones innegociables con un pasado todopoderoso, con los santos lugares. Y, sin embargo, la condición judía es sumamente dispar. Irreductiblemente, enloquecedoramente, representa lo que un físico moderno llamaría la «singularidad», un hecho o suceso al margen de las normas, ajeno a la probabilidad y a los dictados del sentido común. El judaísmo genera e irradia energía como un agujero negro en la galaxia histórica. Sus parámetros son los propios de la «extrañeza», otro concepto clave en la física teórica y en la cosmología actuales.
¿Por qué han sobrevivido los judíos?
Los pueblos de Sumeria y del antiguo Egipto eran productivos e imaginativos. El ejemplo y los logros de la antigua Grecia, en la política o en la ciencia, en el arte o en la filosofía, siguen animando la cultura occidental. Jamás ha habido una civilización más eficazmente organizada, más centrada en el derecho que la Roma republicana e imperial. No hay descendientes directos de estas eminentes naciones. Sus lenguas son meros espectros para un puñado de eruditos. Los judíos existen; en Israel y en la Diáspora. El hebreo se habla, se escribe y se adapta a la física nuclear; se sueña en hebreo. Tras más de dos milenios de persecución ciega y sistemática, de diseminación en el exilio, de estrangulamiento en el gueto, tras el Holocausto. Los judíos se empeñan en existir contra la norma y la lógica de la historia, las cuales, aun cuando conducen al genocidio, se basan en la fusión gradual, en la asimilación, en la fertilización cruzada y el desdibujamiento de la identidad original. Existen contra los voraces dictados de tiranías, de creencias hostiles, de movimientos de masas como los baños de sangre de la cristiandad medieval o los pogromos de Rusia y Europa oriental. Todas estas campañas se pusieron en marcha de manera premeditada para eliminar a los judíos de la especie humana. Para dejar el aire y la tierra Judenrein («limpios de judíos») —un apetitoso epíteto que Hitler tomó prestado de su anterior uso austríaco. Para convertir a todo hombre, a toda mujer y a todo niño judíos (incluso a los aún no nacidos) en cenizas esparcidas por el viento. Babilonia, Tebas, Cartago son arqueología. La Atenas moderna es una parodia de su irredimible pasado. Las leyes, la epigrafía de la Roma imperial aparecen en el desierto. Israel revive; la Diáspora, especialmente en Norteamérica, está llena de fuerza creadora y ansias de renovación. Pese al ostracismo, la marginación, las matanzas y la acaso inevitable —por su origen teológico en ciertos principios fundacionales del cristianismo, en el exorcismo de Judas— aberración de las cámaras de gas. Pese a las tentaciones de «pasar» inadvertido en la modernidad liberal, de caer en la normalidad y en la amnesia. ¿Por qué?
Para el ortodoxo y el creyente conservador, la respuesta es clarísima. Dios le prometió a Abraham que de su simiente surgiría un pueblo tan numeroso como los astros, que Canaán sería suya y de su progenie. El contrato de elección para la supervivencia se renueva con Moisés. Quizá por haber establecido una intimidad o un sufrimiento extraordinarios con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob —donde intimidad y sufrimiento son tan indisociables como las voces de un diálogo—, los judíos fueron elegidos y quedaron marcados para la eternidad. Si ellos desapareciesen de este mundo, la verdad de Dios, su intención declarada, la revelación del monoteísmo y de la moral en el Sinaí serían falseadas. Mientras sobreviviesen un hombre y una mujer de la casa de Jacob, mientras engendrasen hijos, que es una de las obligaciones y de las alegrías esenciales del judaísmo, Dios seguiría estando cerca del hombre y de la creación. Por inconmensurable que resulte a la razón y a la imaginación humanas, por insoportable que sea siempre su recuerdo, Auschwitz es un hecho efímero comparado con el «Contrato», con la inversión realizada por Dios en éste Su pueblo perseguido. Hitler no prevaleció más que Nabucodonosor o la Inquisición. Hubo rabinos que proclamaron exultantes este axioma junto a las hogueras.
Qué envidiables son los que no dudan.
Los espíritus pragmáticos, relativistas y escépticos que consideran las teorías globales de la historia, especialmente cuando éstas son de índole determinista y teleológica, como peligrosas ilusiones no encuentran razón alguna para el asombro o la causalidad irracional. Ciertas prácticas endogámicas, de aislamiento en el judaísmo temprano, la adhesión a precauciones dietéticas arcaicas y sin embargo saludables, el respeto de un código y un lenguaje litúrgico-legal, explican la anomalía de la supervivencia. Aun mayor peso tuvieron las reacciones de coherencia, de reconocimiento de la propia identidad, provocadas por la hostilidad y la persecución eternamente renovadas. Tampoco, sostienen los laicos, hay que exagerar la continuidad. Étnicamente, los judíos son, como cualquier otro pueblo, gente mezclada. Quizá algo menos mezclados y algo más distintos biosocialmente que otras comunidades (¿existe la «raza» en un sentido verificable?), pero híbridos de todos modos. La larga historia de los judíos, como la de, por ejemplo, los chinos, es resultado de una peculiar interacción de aislamiento y presiones externas. No es un mysterium ontoteológico. Los indicadores demográficos, al menos en el Occidente liberal y laico, revelan claramente que la asimilación y el olvido de uno mismo en un clima de creciente tolerancia o indiferencia pueden conducir la crónica del judaísmo a una conclusión indolora. Sólo determinadas comunidades ortodoxas, incluso dentro del Israel laico, conservarán una identidad auténtica e independiente. Cualquier otra visión, además, corre el riesgo de alimentar el racismo y el odio.
Éstos son argumentos eminentemente plausibles. Ojalá pudiera suscribirlos. Pero la intuición me dice que la gran historia que comenzó con Abraham, la historia que el Dios del Sinaí ha estado contándose a Sí Mismo, no concluirá con un eclipse benigno. En primer lugar, una pregunta que es casi tabú.
¿Ha valido la pena la supervivencia de los judíos, habida cuenta del coste que por ello han tenido que pagar? ¿No sería preferible, para el saldo de la clemencia humana, que fuesen asimilados, devorados por las aguas del océano común? No son sólo los horrores del siglo actual, la persecución y el asesinato sistemático de judíos practicados por Hitler y Stalin lo que nos obliga a formular esta pregunta. No es sólo la noche del hombre en Auschwitz. Es la cantidad de sufrimiento acumulado desde, por ejemplo, la destrucción de Jerusalén y el segundo Templo en el año 70 d. C. Es el homicidio, la humillación, la marginación interminables a que han sido sometidos los hombres, las mujeres y los niños judíos casi cada día, casi cada hora, en algún lugar del mundo «civilizado». Tan lacerante —la larga historia del dolor alcanza su clímax en la Shoah— como la violencia actual han sido el temor, la degradación, el desprecio, latente o explícito, que ha marcado las vidas de los judíos en calles, instituciones y tribunales de justicia (Shylock hincado de rodillas) gentiles. ¿Qué niño judío, durante milenios, no ha conocido esa amplia gama de amenazas y burlas, de exclusión o de condescendencia que va desde el insulto, el apedreamiento o el escupitajo, pasando por el desprecio de sus vecinos, hasta la bienvenida «al sufrimiento» ofrecida por los gentiles? Todo padre judío es en algún momento de su vida y de su paternidad un Abraham o un Isaac en ese inenarrable viaje de tres días al monte Moriah. El Génesis 22 late en el corazón herido de todo el judaísmo. Cuando engendra un hijo, el judío sabe que puede estar transmitiendo a ese hijo su herencia de terror, de sádico destino. Mucho antes del Holocausto hubo estallidos de genocidio (las matanzas medievales en Renania, la expulsión de los judíos por parte de la Inquisición, los pogromos de Europa del Este) destinados a erradicar a los judíos. No sobre la base de cuestiones religiosas, políticas, económicas o sociales, aunque éstas tuvieron su importancia. La intención, abiertamente declarada por el nazismo, era ontológica. Era la desaparición definitiva de la identidad judía de la faz de la Tierra. El niño debía morir en el vientre de la madre. La culpa imperdonable del pueblo judío era su propia existencia. Y desde el momento en que engendran un hijo, unos padres judíos, en Rusia o en cualquier lugar de Europa, en las calles de Hebrón o cerca de una sinagoga parisina, convierten a este hijo en culpable. Porque ser judío es, para los que odian, el pecado original.
Además, y esto es una cruz (siniestra palabra) que a menudo se pasa por alto, la humillación, el ostracismo y la tortura son dialécticos. Unen las dos partes entre sí. El cazador y el cazado quedan obscenamente ligados. A lo largo de los siglos, el antisemitismo —término en cierto modo absurdo, puesto que surge en el seno del islam— ha degradado a quienes lo practican. En los campos de la muerte, el hombre, como especie, descendió, acaso de manera irreversible, hasta el más precario umbral de su humanidad. Volvió a ser bestia, aunque expresarlo de este modo sea insultar a los primates y al mundo animal. Al deshumanizar a su víctima, el verdugo se deshumaniza a sí mismo. El hedor perdura. Ha habido otras persecuciones, esclavitudes y campos de exterminio. Las matanzas tribales continúan. Pero ninguna de ellas se ha cebado sobre un mismo grupo humano por espacio de dos mil años. A menudo han sido vengadas. Es la monstruosa parcialidad de la circunstancia judía, hasta 1948 y la fundación del Estado de Israel, lo que una y otra vez ha animado a otras creencias y sociedades a dejarse seducir por lo inhumano. Mi pregunta es la siguiente: ¿podrían el cristianismo occidental y el islam vivir más humanamente, más en paz consigo mismos, si el problema judío se hubiese «resuelto» de manera definitiva (esa Endlösung o «solución final»)? ¿Podría reducirse mañana la suma de odio obsesivo, de dolor, en Europa, en Oriente Próximo, en Argentina o en Suráfrica? No me parece que podamos encogernos de hombros ante esta pregunta.
Y, sin embargo, qué desproporcionadamente brillante ha sido la aportación judía. La de la Biblia hebrea y la de la ética que de ella brota es inconmensurable. Para bien o para mal, Roma y La Meca son hijas (¿matricidas?) de Jerusalén. Basta observar la modernidad y el clima de nuestro tiempo. Afirma el lugar común que este clima surge directamente de Marx, Freud y Einstein (aunque a buen seguro deberíamos incluir también a Darwin). En más de cien lenguas, la burocracia, la mediocridad, la neurosis del tejido social se representan con el nombre (¡a menudo transformado en adjetivo!) de Franz Kafka. La lista de científicos ilustres, de laureados en Estocolmo judíos, al menos en su origen, supera cualquier expectativa o norma estadística de un modo tan abrumador que llega a resultar embarazoso. La música ha experimentado un renacimiento radical con Arnold Schoenberg; la antropología, con Lévi-Strauss; la filosofía, con Wittgenstein; la teoría económica con Kenneth Arrow. Es Proust quien nos invita a descender por la escalera de caracol del yo (imagen concebida por un medio judío como Montaigne). Toda enumeración sería interminable y ociosa.
Lo que resulta más difícil de comprender es por qué la modernidad per se, sobre todo en su ejemplar y dominante vertiente estadounidense, es tan marcadamente «judía». Los medios de comunicación de masas, el humor, las conexiones fiscales y mercantiles de la empresa global que hoy amenaza con homogeneizar el planeta son energías, vastos arcos que emiten descargas eléctricas surgidos en buena medida del judaísmo emancipado. He visto a audiencias orientales retorcerse de risa, captar al instante el humor plenamente judío, uno casi se atrevería a decir que «talmúdico», antirretórico y negro, de Woody Allen. Los supermercados, inventados y diseñados originalmente por un judío en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, abren hoy sus puertas en Albania. Pero incluso estos universales, casi increíbles en una matriz de supervivientes, son en cierto sentido superficiales.
¿Podrían nuestras maltrechas civilizaciones prescindir del ideal judío de la familia? Son estos valores «familiares» que se derivan de y a la vez subrayan la «familiaridad» única de los judíos con Dios los que estimulan el interminable diálogo del judío con Dios, incluso —uno llega a sospechar— en los silenciosos labios del agnóstico. ¿Existe otro pueblo tan krank an Gott, según la magnífica e intraducible descripción que del judío ofrece Karl Barth como «enfermo de Dios», como «afligido con / por Dios»? En esta enfermedad puede ir implícita la supervivencia del hombre en tanto que ser moral aún «vulnerable a las heridas de la negatividad» (Kierkegaard). En resumen: aun cuando la dispersión parece ofrecer a los judíos de la Diáspora la posibilidad de quedar libres de cualquier amenaza o peligro; aun cuando los judíos laicos decidiesen que ya no vale la pena seguir pagando semejante precio por su identidad… ¿qué pasaría con sus renuentes anfitriones? ¿Pueden la historia y la cultura occidentales prescindir de los judíos? Como señalaba Heine, el más cáustico de los judíos, hasta los perros de raza necesitan pulgas.
Por desgracia, no puedo sentirme parte de ese contrato con Abraham. Por eso no poseo un feudo refrendado por la divinidad en un pedazo de tierra de Oriente Próximo, ni en ninguna otra parte. Es un defecto lógico del sionismo, un movimiento político-laico, invocar una mística teológico-escritural que, en honor a la verdad, no puede suscribir. Sin embargo, el enigma, la singularidad de la supervivencia de los judíos tras la Shoah, me convence de algo. Israel es un milagro indispensable. Su propia existencia, su persistencia pese a las fuerzas militares y geopolíticas, sus logros cívicos desafían cualquier expectativa razonada. El país mira hoy con paradójica satisfacción hacia la normalidad: con sus dosis de crimen, de corrupción, de mediocridad política y de vulgaridad cotidiana que caracterizan a todas las naciones y sociedades del mundo. En el lugar donde otrora bramó Jeremías hoy encontramos bares de topless.
Y aquí es, precisamente, donde me atasco. Sería, creo, algo escandaloso (palabra de procedencia teológica) que los milenios de revelación, de llamamientos al sufrimiento, que la agonía de Abraham y de Isaac, del monte Moriah y de Auschwitz tuviesen como resultado final la creación de un Estado-nación armado hasta los dientes, de una tierra para especuladores y mafiosos como todas las demás. La «normalidad» sería para los judíos otra vía de desaparición. El enigma, acaso la locura, de la supervivencia debe responder a un llamamiento más elevado. Uno inherente al exilio.
Todos somos invitados de la vida. Ningún ser humano conoce el significado de su creación, salvo en el sentido más primitivo y biológico. Ningún hombre, ninguna mujer conocen el propósito, si es que posee alguno, la posible significación de su «arrojamiento» al misterio de la existencia. ¿Por qué no hay nada? ¿Por qué soy? Somos invitados de este pequeño planeta, de un tejido infinitamente complejo y acaso aleatorio de procesos y mutaciones evolutivas que, en innumerables lugares podrían haber sido de otro modo o podrían haber presenciado nuestra extinción. Y hemos resultado ser invitados vandálicos, que asolamos, explotamos y destruimos otros recursos y a otras especies. Estamos convirtiendo en un vertedero de residuos tóxicos este entorno de extraña belleza, intrincadamente organizado, y también el espacio exterior. Hay vertederos de basura en la luna. Por inspirado que sea, el movimiento ecologista, que junto con la reciente sensibilización hacia los derechos de la infancia y de los animales constituye uno de los capítulos más luminosos de este siglo, tal vez haya llegado demasiado tarde.
Pero incluso el vándalo es un invitado en una casa del ser que no ha construido y cuyo diseño, con todas las connotaciones del término, se le escapa. Ahora debemos aprender a ser mutuamente invitados los unos de los otros en lo que queda de esta herida y superpoblada tierra. Nuestras guerras, nuestras limpiezas étnicas, los arsenales para la matanza que florecen incluso en los Estados más desvalidos son territoriales. Las ideologías y los odios mutuos que éstos generan son territorios de la mente. Los hombres se han asesinado desde siempre los unos a los otros por una franja de tierra, bajo banderas de distintos colores que enarbolan como estandartes, por pequeños matices en sus lenguas o dialectos. Hamlet se asombra ante un ejército que pasa. ¿Por qué avanza hacia la batalla sangrienta? ¿Es acaso para alcanzar un fin exaltado o fructífero? Un Capitán responde:
Capitán: A deciros verdad y sin la menor exageración, vamos a conquistar una reducida porción de tierra que no ofrece en sí más ventaja que su nombre. Ni por el precio de cinco ducados, cinco no más, la tomaría yo en arriendo, ni daría mayor beneficio al rey de Noruega o al de Polonia si la vendieran en pleno dominio (Trad. Luis Astrana Marín, Espasa-Calpe, Madrid 1991).
La historia ha presenciado la interminable aplicación del desprecio recíproco a motivos con frecuencia triviales e irracionales. En un arrebato de locura, comunidades como las balcánicas o tantos pueblos africanos que han convivido durante siglos o décadas pueden estallar de repente y caer en la segregación y el genocidio. Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres, piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también en la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas, esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos proponernos ser, si es que deseamos sobrevivir.
Es posible que el judío de la Diáspora sobreviva para ser un invitado: aún tan terriblemente ingrato ante tantas puertas cerradas. La intromisión puede ser nuestra llamada, un modo de sugerir a nuestros semejantes que todos los seres humanos deben aprender a vivir unos y otros como «invitados de la vida». No hay una sola sociedad, religión, ciudad, pueblo, que no sean dignos de mejorar. Por la misma razón, no hay ninguno que no merezca ser abandonado cuando se imponen la injusticia o la barbarie. La moral debe tener sus maletas listas en todo momento. Éste ha sido el precepto universalista de los Profetas, de Isaías, Deutero Isaías y Jeremías en su antigua disputa con los reyes y los sacerdotes de la nación inmutable, del Estado-fortaleza. Esta polémica subyace hoy a las tensiones entre Israel y la Diáspora. Aunque el pensamiento debe ser, como el nombre ritual de Dios, impronunciable, la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá a la ruina del Estado de Israel. Lo conseguirá si su «elección» es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta. Los conceptos, las ideas, cuya fuerza es superior a la de cualquier arma, a la de cualquier imperium, no necesitan pasaportes. Son el odio y el miedo los que expiden o deniegan los visados. Yo me he sentido más o menos en casa —el judío es a menudo políglota casi de manera inconsciente— allí donde he tenido una mesa para trabajar. Nihil alienum, que decía el dramaturgo romano. «Nada humano me es ajeno». O, dicho de otro modo: ¿qué otra presencia humana puede resultarme más extraña de lo que mi propia presencia me resulta en ocasiones?
¿Es este desarraigo, esta intuición del peregrino, lo que estimula el antisemitismo, lo que alimenta la imagen de las infidelidades oportunistas del judío? Stalin y Hitler convirtieron el glorioso cenit «cosmopolita», con su promesa de lo inalienable, en escarnio asesino. Pero ¿acaso no habló el propio Rashi, el más agudo de los lectores talmúdicos, de la eterna necesidad de Abraham de abandonar su tienda de campaña y volver al camino? ¿No nos enseñó Rashi que, cuando preguntamos el camino, el judío puede ser sordo a la respuesta, que su misión es la de ser errante, lo que equivale a errar en la doble acepción de esta palabra?
Sin lugar a dudas, este compromiso con el tránsito, aun cuando sea impuesto, esta camaradería con los vientos, inspira una desconfianza visceral. El término nazi era Luftmenschen, criaturas de aire, sin raíces (y, por ende, aptas para ser convertidas en cenizas). Esta palabra denota otros elementos de la larga historia de la lepra judía. Hay factores sociales, rivalidades económicas, la búsqueda instintiva del chivo expiatorio, la circuncisión, el empecinamiento en distanciarse. Cercado por un muro, el gueto-judaísmo firmó un contrato de extrañeza, de «otredad», con los gentiles que lo despreciaban. Todos ellos se mezclan en el venenoso brebaje de la diferencia y la persecución. Sin embargo, ningún aspecto serio del problema judío, de la historia y de la vida de los judíos, puede divorciarse de sus fuentes teológico-metafísicas (¡cuántas veces oigo a Gershom Scholem poner el dedo en esta llaga!). En el análisis definitivo, es lo teológico y lo metafísico lo que configura la trágica complicación de los hechos.
En todas mis obras, y más explícitamente en En el castillo de Barba Azul (1971), he argüido que no es la acusación de deicidio, la supuesta complicidad de los judíos en la muerte de Jesús de Nazaret, lo que nutre y sostiene el antisemitismo occidental. Indudablemente, el odio a los judíos se ve acrecentado de forma considerable por el cristianismo paulino y los Padres de la Iglesia. Pero el odio es anterior a estas fatalidades. Creo que no es «el sacrificio de Dios en la persona de su Hijo» —al margen de lo que este macabro fantasma puede llegar a significar— el núcleo fundamental del odio a los judíos. Es la «creación», la «invención», la «definición», la «reevaluación» de Dios que hay en el monoteísmo judío y en su ética. Lo que no se le perdona al judío no es que sea el asesino de Dios, sino el hecho de ser su «descendiente».
Tres veces en la historia occidental, los judíos han luchado por presentar ante la conciencia humana el concepto del Dios único y las consecuencias morales y normativas de este concepto. Rigurosamente aprehendido, el Dios de Moisés es inconcebible, incomprensible, invisible, inalcanzable, in-humano en el sentido estricto de la palabra. Es absoluto como el aire del desierto. Si hay una teología judía, ésta es negativa. Allí donde el politeísmo, principalmente el helénico, puebla cada hoja, cada rama y cada roca de vecinos divinos, pródigamente inmanentes, humanos —demasiado humanos en su vanidad, en sus ardides, en sus obscenidades—, el Sinaí vacía el hábitat natural del ser humano de toda proximidad discernible de lo divino. Exige la máxima abstracción. Condena las imágenes y transforma la imaginación en blasfemia. La metáfora, mediante la cual habitamos y dramatizamos nuestro cuestionamiento de la realidad, mediante la cual tendemos puentes sobre el abismo de lo desconocido, ha sido arrancada de cuajo.
Para Moisés, la presencia y el mandamiento de Dios, que son idénticos, surgieron de la Zarza en llamas. La única revelación es una tautología (una figura en sí misma cerrada): es el «Soy / El que Soy» del Éxodo 3, 14. Paradójicamente, sin embargo, la distancia con un Dios inimaginable, impensable, inefable es, al mismo tiempo, insoportablemente próxima. Sin ser visto, Él lo ve todo, castiga a la tercera generación y a las generaciones posteriores. ¿Puede haber observación y observancia más duras, más ajenas a los impulsos animistas, icónicos, pluralistas de la naturaleza humana, de los modos consoladores a los que recurrimos para contar las historias de nuestra existencia?
Los dictados morales surgidos del monoteísmo del Sinaí y profético son sumamente rígidos. La prohibición de matar, de cometer adulterio, de codiciar, de fabricar imágenes, por inocentes que sean, de comerciar con los dioses domésticos, con los espíritus tutelares, con los santos, es, en sí misma, indicio de una exigencia aún mayor. Implica la transformación del hombre corriente. Debemos disciplinar el alma y la carne, hasta tornarlas perfectas. Debemos crecer más allá de nuestra propia sombra. Un mandato fundamental de realización de las propias ambiciones, de superación personal, subyace al Decálogo y a la plétora de prescripciones pragmático-rituales que de él se derivan. Ni un ápice de nuestra complacencia natural, de nuestra libido, de nuestra falta de atención, de nuestra mediocridad y sensualidad escapa a los dictados morales y legales. Tomado à la lettre, el «conviértete en lo que eres» de Nietzsche es la antítesis del mandamiento del Sinaí. «Deja de ser lo que eres, aquello en lo que la biología y las circunstancias te han convertido. Conviértete, aun a costa de un terrible precio de abnegación, en lo que podrías ser». Esto es lo que ordena el Dios de Moisés, de Amós, de Jeremías. Éste es el primero de los tres momentos de imposición trascendente que el judaísmo le impone al hombre.
El segundo llega con el sermón de la montaña. El mensaje es, principalmente, un compendio de órdenes minuciosamente estudiadas de la Torá, de los Salmos y de los Profetas. Pero el rabino-prodigio y salvador de la fe de Galilea llega más lejos. Exige a los hombres y a las mujeres un altruismo, un dominio de sí mismos «antinatural», contrario a los instintos, ante todo aquel que nos injurie u ofenda. El único precedente de este ideal puede leerse entre líneas en algunas sentencias, difíciles de interpretar, atribuidas a Sócrates. Debemos, además, compartir o regalar nuestras posesiones terrenales, convertirnos en mendigos, si es necesario, en beneficio de los desposeídos. La propiedad, por no hablar de las recompensas mundanas, es una injusticia (o, como diría Proudhon, un «robo»). Éstos son importantes saltos cuantitativos que surgen del judaísmo de Moisés, pero que también lo superan. La petición de Jesús de que ofrezcamos la otra mejilla, de que perdonemos a nuestros enemigos y perseguidores —no, de que aprendamos a amarlos—, es casi inconcebiblemente contraria a la esencia humana. Con estos requerimientos, Jesús se convierte en Cristo y enmienda los instintos elementales, especialmente los de venganza, en su propia condición judía. La infinita misericordia de Dios, su capacidad de perdón, se exponen en la Torá y en las profecías, pero también se muestra Su inclinación por una equidad inflexible en la retribución. El impulso profundamente natural de vengar la injusticia, la opresión y la burla tienen un lugar en la casa de Israel. El rechazo a olvidar la injuria o la humillación puede apaciguar el corazón. El mandamiento de amor total de Cristo, de entrega al agresor, es, en sentido estricto, una monstruosidad. La víctima debe amar a su verdugo. Una proposición monstruosa. Pero una luz surgida de lo insondable. ¿Cómo pueden cumplir semejante precepto los hombres y las mujeres mortales?
La tercera llamada a la puerta es la del socialismo utópico, principalmente en su vertiente marxista. Junto con el cristianismo, el marxismo es otra de las herejías primordiales del judaísmo. La aportación teórica, práctica y personal de los judíos al socialismo radical y al comunismo pre-estalinista es claramente desproporcionada (véanse cuántos de ellos figuraban entre los primeros mencheviques y bolcheviques o entre los miembros de la izquierda utópica y de los movimientos revolucionarios en toda Europa central). El marxismo seculariza, convierte «a este mundo» en una tierra donde prevalece la lógica mesiánica de la justicia social, la del Edén abundante para todos, la de la paz. En sus famosas notas manuscritas de 1840, Marx, tan rabínico en su alboroto y en sus promesas, predica un orden en el que la moneda de cambio deje de ser la del lucro y las posesiones: «el amor se cambiará por amor, la confianza, por confianza». Es, literalmente, la visión de Adán y de los Profetas; es la visión del Galileo. La gran furia desatada en contra de la desigualdad social, en contra de la estéril crueldad de la riqueza, en contra de la hambruna y la misère innecesarias que aguijonea a Karl Marx, es precisamente la de Amós. Es la del desierto en su marcha vengadora contra la ciudad, contra la continuidad de Babilonia. (Había, en la sangrienta locura de los jemeres rojos camboyanos, más de un elemento en común con esta visión apocalíptica).
En su forma más pura, tal como se plasmó en algunos de los kibbutzim socialistas y comunistas del primer sionismo, no existe la propiedad privada. A cada cual según sus necesidades. Los niños son atendidos por toda la comunidad. Pero, aunque atenúa tales absolutos, el marxismo exige una subversión total de las prioridades de la intimidad, de la adquisición, del egoísmo. Debemos abstenernos de cuanto sea superfluo, participar por igual, invertir los recursos, las ambiciones del yo en el anonimato de lo colectivo. En el núcleo de cualquier programa socialista o comunista consistente hay una mística del altruismo, de la maduración humana, hasta alcanzar la generosidad. Morir por los demás, como hace el héroe marxista en figuraciones profanas del martirio religioso, resulta muy difícil (¿quién de los miembros de mi generación puede olvidar los episodios de sacrificio al final de La condición humana, de Malraux?). Vivir para los demás es aún más difícil. Pero sólo si aprendemos a hacerlo, dice el marxismo, podremos construir el reino de la justicia, la ciudad del hombre —legítima heredera de aquella de un Dios muerto—, en esta Tierra. Sólo entonces podremos construir Jerusalén en «nuestras verdes y amables tierras». La mañana mesiánica es roja.
En tres ocasiones, el judaísmo ha situado a la civilización occidental frente al chantaje de lo ideal. ¿Cabe mayor afrenta? Tres veces, como un vigilante enloquecido en plena noche (Freud incluso sacó a los hombres del sueño inocente), le ha gritado a la especie humana que se transforme en humanidad plena, que reniegue de su ego, de sus apetitos innatos, de su tendencia al libertinaje y el capricho. En nombre del «inefable» Dios del Sinaí; del amor incondicional hacia el enemigo; en aras de la justicia social y la igualdad económica. Estas demandas son, en su reivindicación de perfección, irrefutables. La ética del amor sacrificado y la igualdad es incontestable; incluso, en muchos aspectos, en el plano material y comunitario. Los hombres y las mujeres se han visto, por tanto, sometidos a un triple chantaje practicado con la falta de tacto propia de la revelación, con esa intensidad e insinuación típicamente judías con las que tan difícil resulta convivir para los no judíos. Los ideales de Moisés, de Jesús y de Marx martillean la psique de L’homme moyen sensuel que intenta continuar con su imperfecta existencia.
Creo que esta presión engendra odio. En ella late y estalla en llamas el impulso de relegación —hay que desterrar al judío, acallar su voz— y de aniquilación. Nada es capaz de estimular en nuestra conciencia un odio tan profundo como la convicción impuesta de que nos quedamos cortos, de que traicionamos ideales cuya validez reconocemos plenamente (aunque de manera subliminal), incluso celebramos, pero cuyas exigencias parecen desbordar nuestras capacidades o nuestra voluntad. Nada resulta más insoportable que el hecho de que se nos recuerde recurrentemente, se diría que perpetuamente, lo que deberíamos ser y, de un modo tan evidente, no somos. Hoy, el comunismo y el socialismo utópico coercitivos parecen desvanecerse; la Esparta del kibbutz absoluto difícilmente puede sobrevivir. Pero los antiguos dictados de perfección, de anulación personal, la exigencia de un reino de justicia absoluta aquí y ahora aún resuenan. En las bocas de los que vagan errantes y despreciados, de vagabundos locuaces a quienes Dios ha creado incurablemente enfermos de recuerdo y de futuro.
Confieso no encontrar mejor explicación para la supervivencia del antisemitismo más o menos mundialmente extendido y posterior al Holocausto. Esta persistencia es característica de comunidades en las que apenas quedan judíos a los que detestar, como Polonia o Austria, o en las que los judíos jamás se han establecido (¡los llamados Protocolos de los sabios de Sión son un best-seller en Japón!). Ningún diagnóstico social, económico o político de corte positivista, por iluminador que sea, ofrece una explicación profunda. Hitler lo expresó sin ambages: «El judío ha inventado la conciencia». Después de eso, ¿cabe algún perdón?
He dicho que el precio de la supervivencia ha sido casi insoportable. Que existe un argumento razonable para la desaparición en la asimilación y en la normalidad. Si fuera concebible en el futuro una repetición o analogía de la Shoah, ¿debería un judío traer hijos a este mundo? No obstante.
La vocación de «invitado», la aspiración de mesianismo, la función de ser insomnes y causar irritación moral al resto de los hombres se me antoja como el mayor de los honores. Dondequiera que estén presentes o logren prosperar, la barbarie, la estupidez y la intolerancia escogerán como blanco a los judíos. Ciertamente un pueblo elegido y un club al que jamás renunciaría (aun cuando esto fuera posible). He aquí un documento:
El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]
El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz, más melodiosa. Los modos de vida serán intensos y dinámicos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.
Autor: un tal Liev Davidovich Bronstein (conocido también como Trotski). Un texto escrito en el fragor de batallas tan encarnizadas como la de Josué. Absurdo, ¿verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir.
En George Steiner, Errata. El examen de una vida (Cinco)
Título original: Errata. An examined life
George Steiner, 1997
Traducción: Catalina Martínez Muñoz
para The Boston Globe
Fuente O Estado de S. Paulo

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