viernes, 16 de diciembre de 2011

TIEMPOS REVUELTOS.RAYMOND CARVER


TIEMPOS REVUELTOS'Esa duración que convierte a las Pirámides
en columnas de hielo que se derriten. Todo es pasado en un instante.
SIR THOMAS BROWNE
menaza tormenta. La niebla gris oscurece las cumbres a lo
largo del valle. Nubes negras con pliegues y capas blancas en
la superficie se acercan desde las colinas en rápidos desplazamientos,
descienden hasta el valle y pasan sobre los campos y
baldíos que hay frente a la casa. Dando rienda suelta a su imaginación,
Farrell ve las nubes como caballos negros sobre los
que cabalgan fantasmales almas en pena y, detrás, las carrozas
negras girando lenta e inexorablemente, a veces un
cochero con plumas blancas en el pescante. Cierra la puerta
del porche y observa tras el cristal a su mujer que baja lentamente
las escaleras. Se vuelve y le sonríe. Abre de nuevo y la
saluda. Más tarde, ella se aleja en el coche. Vuelve a la habitación
y se sienta en el sillón de cuero, bajo la lámpara de
cobre. Se estira extendiendo los brazos por fuera del sillón.
La habitación está un poco más oscura cuando Iris sale
del baño envuelta en una bata blanca abierta. Saca el taburete
de debajo del tocador y se sienta frente al espejo. Coge con
la mano derecha el cepillo blanco de plástico y comienza a
peinarse con movimientos rápidos y rítmicos provocando un
leve chasquido. Sujeta con la mano izquierda el cabello sobre
uno de los hombros y realiza los largos, rápidos y rítmicos
movimientos con la mano derecha. Se detiene un instante y
enciende la lamparilla del espejo. Farrell coge una revista de
fotos del aparador que está al lado del sofá y se estira para
encender la lámpara golpeando sin querer el pergamino de
la pantalla al buscar la cadenilla. La lámpara está unos centímetros
por encima de su hombro derecho y la pantalla
marrón cruje cuando la toca.
Afuera está oscuro y el aire huele a lluvia. Iris le pregunta
si cerró la ventana. Mira hacia la ventana, luego al espejo,
ve su propio reflejo y detrás a Iris observándole sentada frente
al tocador, con otro Farrell más borroso mirando fijamente
desde la ventana que ella tiene al lado. Tiene que llamar a
Frank para confirmar que salen de caza mañana por la mañana.
Pasa las páginas. El cepillo se tambalea sobre la superficie
del vestidor.

“¿Sabes que estoy embarazada, Lew?”, le dice.
Las páginas satinadas de la revista muestran bajo la lámpara
una catástrofe natural. La fotografía de un terremoto en
algún lugar del Oriente Próximo.
Se ve a cinco hombres
gruesos vestidos con bombachos blancos de pie ante una casa
aplastada. Uno de ellos, quizá el líder, lleva un sucio sombrero
blanco inclinado sobre un ojo, lo que le da un aspecto
sombrío, maligno. Mira de lado a la cámara, señalando tras el
revoltijo de ladrillos hacia un río o entrante de mar al otro
lado de los escombros. Farrell cierra la revista y la deja resbalar
al ponerse de pie. Apaga la luz y antes de encaminarse
hacia el baño, le pregunta: “¿Qué vas a hacer?” Sus palabras
suenan secas y apresuradas como hojas arremolinándose en
los oscuros rincones de la habitación. Farrell siente al instante
que esa pregunta ya ha sido hecha hace tiempo en otro
lugar. Entra en el baño.
El olor de Iris; un olor cálido y húmedo, ligeramente
pegajoso; polvos de talco New Spring y colonia King’s Idyll.
Su toalla tirada detrás del retrete. Se le han caído polvos de
talco en el lavabo y forman con el agua un reguero amarillo
de pasta. Lo frota con agua y lo empuja todo por el desagüe.
Se está afeitando y al mover la cara puede ver la habitación.
Iris de perfil, sentada en el taburete ante la vieja cómoda.
Posa la navaja y se lava la cara, luego coge la navaja otra
vez. En ese momento escucha las primeras gotas de lluvia en
el techo.
Un rato después apaga la luz de la cómoda y se sienta de
nuevo en el sillón de cuero a escuchar la lluvia. Llega a ráfagas,
golpeando a intervalos la ventana. Como el suave revoloteo
de un pájaro blanco.
Su hermana ha cazado uno. Lo mete en una caja y le tira
flores dentro. Agita la caja para poder oír el batir de alas,
pero una mañana se la enseña y ya no se oyen las alas, tan
sólo el leve arañazo que provoca el pájaro cuando mueve la
caja. Se la da para que se libre de ella y él la tira con todo lo
que hay dentro al río, sin querer abrirla porque empieza a
oler raro. La caja es de cartón y tiene dieciocho pulgadas de
largo, seis de ancho y cuatro de profundidad. Está seguro de
que era una caja de galletas Snowflake porque son las que utilizaba
ella con los primeros pájaros.
Corre en paralelo a la caja por el lodo de la orilla. Es una
barca fúnebre y el río fangoso es el Nilo. Pronto la barca
entrará en el océano, pero antes se incendiará y el pájaro
blanco saldrá volando hacia las tierras de su padre donde lo
espantará de entre la espesa hierba de una pradera verde,
con huevos y todo. Corre por la orilla, siente el latigazo de los
matojos en los pantalones, un limbo le golpea en la oreja y
aún no se ha incendiado. Coge piedras sueltas y se las tira a la
barca. Y entonces empieza a llover, enormes e impetuosas
gotas que salpican el agua barriendo el río de lado a lado.
Farrell llevaba en la cama unas cuantas horas, no estaba
seguro de cuánto tiempo. Con cuidado de no molestar a su
esposa, se incorporó ligeramente apoyándose en el hombro y
con los ojos entrecerrados intentó echar una ojeada al reloj
de la mesita de ella. El reloj apenas estaba vuelto hacia su
lado, así que, teniendo además tanto cuidado, sólo pudo ver
que las manecillas amarillas marcaban las 3.15 o las 2.45. La
lluvia golpeaba contra la ventana. Se volvió de espaldas y estiró
las piernas bajo las sábanas rozando el pie izquierdo de su
mujer, escuchando las manecillas del reloj sobre la mesita. Se
metió bajo el edredón y luego, como tenía demasiado calor y
le sudaban las manos, echó hacia atrás el cobertor y pasó los
dedos por la sábana, estrujándola hasta que se le secaron.
La lluvia venía por rachas, arremetiendo en oleadas y
atravesando la tímida luz como miríadas de pequeños insectos
amarillos que se arrojaran haciendo rizos contra la ventana.

Se dio la vuelta otra vez y se acercó a Lorraine hasta tocarle
la espalda con el pecho. Durante un instante se abrazó a
ella suavemente, con cuidado, extendiendo la mano por el
hueco de su estómago, pasando los dedos por debajo del
elástico de sus bragas, rozando el espeso penacho de vello.
Sintió una extraña sensación entonces, como si resbalara en
un baño caliente y le anegaran los recuerdos sintiéndose
niño otra vez. Retiró la mano, se dio la vuelta y se libró de las
sábanas encaminándose al torrente de la ventana.
Una pesadilla vasta y remota la de ahí fuera. La farola
parecía un demacrado y solitario obelisco desafiando la lluvia
con su débil punto de luz amarilla. En la base, el lustre negro
de la calle, la oscuridad acometiendo su pequeño contorno
de luz. No podía ver el resto de casas, como si ya no existieran,
arrasadas como en la foto que había estado mirando
unas horas antes. La lluvia iba y venía como una oscura máscara
en la ventana. Anegaba los bordillos calle abajo. Se acercó
hasta sentir una fría bocanada de aire en la frente al contemplar
la niebla de su aliento en el cristal. Había leído que
en algún sitio, se veía a sí mismo mirando las fotos, quizá en
National Geographic, vivían tribus de piel cobriza que se quedaban
de pie ante sus chozas contemplando la salida del sol
bajo la helada. El titular decía que esa gente creía que el alma
era visible en el aliento, que escupían y soplaban en las palmas
de las manos ofreciendo sus almas a Dios. Su aliento
desaparecía mientras lo contemplaba, dejando solamente un
círculo diminuto, luego un punto y nada. Se alejó de la ventana
y fue a por sus cosas.
Buscó a tientas sus botas en el armario empotrado y rastreó
con los dedos las mangas de cada chaqueta hasta tocar el
suave impermeable de caucho. Fue hasta el cajón por calcetines
y calzoncillos largos, luego descolgó una camisa y un pantalón,
lo cogió todo en una brazada y lo llevó por el pasillo
hasta la cocina sin encender la luz. Se vistió y se calzó las
botas antes de poner el café. Le habría gustado encender la
luz del porche para Frank pero por algún motivo no le pareció
bien con Iris allí en la cama. Mientras se hacía el café, preparó
sándwiches y llenó los termos. Sacó una taza del armario,
la llenó y se sentó cerca de la ventana para ver la calle.
Encendió un cigarrillo y se puso a fumar mientras tomaba el
café y escuchaba el chasquido del reloj del horno. Se derramó
un poco de café, miró las gotas caer lentamente por la
taza y frotó con los dedos el círculo que dejó la taza sobre la
rugosa superficie de la mesa.
Está en la habitación de su hermana, ante la mesa de
estudio, sentado sobre un grueso diccionario en una silla de
respaldo recto. Los pies doblados bajo el asiento, los talones
de los zapatos acoplados al travesaño. Cuando se apoya excesivamente
sobre la mesa una de las patas se levanta del suelo y
tiene que meter debajo una revista. Está haciendo un dibujo
del valle en el que vive. Al principio pensó en copiar algo de
uno de los libros escolares de su hermana, pero después de
gastar tres hojas sin conseguir que le saliera bien, decidió
dibujar el valle y su casa. De vez en cuando deja de dibujar y
frota los dedos en la superficie granulosa de la mesa.
Afuera el aire de abril es todavía húmedo y fresco, ese
frescor que alienta tras las tardes de lluvia. La tierra, los árboles
y las montañas ya están verdes y por todas partes hay un
aliento vaporoso: en los abrevaderos de los corrales, en el
estanque que hizo su padre y también en las praderas, elevándose
en lentas columnas que parecen lápices, cruzando por
encima del río y subiendo hasta las montañas como si fuera
humo. Oye a su padre gritarle a uno de los hombres y a éste
soltar una maldición por detrás. Posa el lápiz y salta de la
silla. Abajo, enfrente del ahumadero, ve a su padre trabajando
con la polea. A sus pies hay un rollo de cuerda marrón y
empuja la barra de la polea para intentar colgarla fuera del
granero. Lleva en la cabeza un gorro de lana del ejército y el
cuello de la vieja chaqueta de cuero levantado, dejando a la
vista la lana sucia del forro. Con un último golpe a la polea se
vuelve hacia los hombres. Dos de ellos, dos canadienses grandes
y de mejillas coloradas que llevan unos sombreros de franela
llenos de grasa, arrastran un carnero hacia donde está
su padre. Lo abrazan hundiendo los puños en la lana y uno
de ellos grapa con los brazos sus patas delanteras. Van hacia
el granero, medio arrastrándolo, medio caminando el carnero
sobre sus patas traseras. Parece una danza salvaje. A otra
voz de su padre empujan al carnero contra la pared, uno de
ellos lo monta a horcajadas, forzándole la cabeza hacia atrás y
hacia arriba, hacia su ventana. Se fija en las grietas oscuras de
sus ollares, en las gotas de mucosidad que le caen de la boca.
Los vidriosos ojos de anciano se clavan en él un instante antes
de intentar soltar un balido, pero el sonido se convierte en
un chillido agudo cuando su padre lo interrumpe con una
embestida rápida del cuchillo. La sangre sale a borbotones
entre sus manos antes de que pueda moverse. En pocos
minutos tienen al animal en la polea. Puede oír el monótono
cran-cran-cran de la polea cuando su padre lo sube un poco
más. Los hombres están sudando pero siguen con las chaquetas
abotonadas hasta arriba.

Su padre lo abre en canal mientras los dos hombres
cogen unos cuchillos más pequeños y empiezan a quitarle la
piel empezando por las patas. Del vientre vaporoso se escurren
unas tripas grises que caen a tierra formando un grueso
rollo. Su padre gruñe y las carga en una caja, diciendo algo
de un oso. Los hombres ríen. Escucha que alguien tira de la
cadena en el baño y luego el gorgoteo del agua en el retrete.
Se vuelve hacia la puerta cuando oye pasos que se acercan.
Su hermana entra en la habitación exhalando un ligero
vapor. Por un instante se queda paralizada a la puerta con la
toalla enrollada en la cabeza, una mano sujetando los extremos
y la otra sobre la manilla. Sus pechos redondos como si
fueran planos, sus pezones como los rabillos de la cálida
fruta de porcelana sobre la mesa del comedor. Deja caer la
toalla que se desliza por el cuello tocando sus pechos y formando
una pila a sus pies. Sonríe, lentamente se tapa la
boca con la mano y empuja la puerta para que se cierre. Él se
vuelve hacia la ventana encogiendo los dedos de los pies en
los zapatos.
Farrell seguía sentado a la mesa tomando el café y
fumando con el estómago vacío. Oyó el ruido de un coche, se
levantó rápidamente y fue hasta la ventana del porche. El
coche redujo a segunda y frenó frente a la casa para tomar
despacio la curva, con el agua batiendo en los tapacubos,
pero siguió adelante. Se sentó de nuevo. Apretando la taza
entre los dedos, escuchó durante un rato el chasquido del
reloj eléctrico del horno. Entonces vio las luces. Venían
dando rápidas sacudidas a la oscuridad, como dos faroles que
hacían cortas señales desde una pequeña proa. La densa lluvia,
blanqueada por la luz al traspasarla, golpeaba con fuerza
la calle por delante. El coche salpicó al disminuir la velocidad
y descansar bajo la ventana.
Cogió sus cosas y salió al porche. Iris estaba allí, acostada
bajo una pila de edredones. Buscando una excusa para
hacerlo, como si hubiera un motivo y lo hiciera despreocupadamente,
se arrodilló al otro lado de la cama y se vio a sí
mismo avanzar a tientas hasta donde sabía que estaba ella.
No pudo evitar inclinarse sobre su silueta como si colgara suspendido
en el aire, todos los sentidos relajados excepto el
olfato, respirando fugazmente el olor de su cuerpo. Inclinándose
un poco más hasta tocar con la cara el cobertor percibió
de nuevo ese olor, durante un instante, y luego desapareció.
Retrocedió y se acordó de su rifle, salió y cerró la puerta. La
lluvia le flagelaba el rostro. Se sintió casi mareado al agarrar
el fusil y posarlo sobre la balaustrada, apoyándose en ella.
Durante un momento, mirando desde el porche hacia abajo,
hacia la oscuridad rizada de la acera, se sintió como si estuviera
en un puente en medio de ninguna parte, y de nuevo tuvo
la misma sensación de la noche anterior, que eso ya había
ocurrido con el presentimiento de que volvería a ocurrir,
como ahora sabía. La lluvia le cortaba la cara, le caía por la
nariz y en la boca. Frank tocó la bocina un par de veces y
Farrell bajo las escaleras con cuidado de no resbalar.
“¡Menudo aguacero!”, dijo Frank. Un tipo grande. Llevaba
una gruesa chaqueta acolchada con la cremallera hasta
la barbilla y una gorra marrón con visera que le daba un aire
siniestro de árbitro de béisbol. Movió las cosas del asiento de
atrás para que Farrell pudiera poner las suyas.
El agua subía de nivel en las canaletas, retrocedía en los
desagües de los aleros y de vez en cuando pasaban junto a un
bordillo o un patio anegados. Siguieron la calle hasta el final
y giraron a la derecha tomando otra calle que les llevaría
directamente a la autopista.
“Esto nos obliga a ir más despacio, qué van a hacer esos
gansos sin nosotros”.
De nuevo Farrell se dejó ir y los vio, rescatándolos de la
memoria, un instante en el que la niebla había llegado a
helar las rocas y estaba tan oscuro que podía ser medianoche
o el final de la tarde. Se acercan volando a poca altura por el
barranco, en silencio, saliendo repentinamente de la niebla,
como espectros, batiendo alas sobre su cabeza. Salta para
intentar separar del grupo al más cercano mientras quita el
seguro pero se atasca y el dedo enguantado permanece
encorvado en la guarda, presionando el gatillo cerrado.
Vinieron hacia él, saliendo de la niebla por el barranco,
sobre su cabeza. En largas filas, regañándole. Así había ocurrido
hace tres años.
Se quedó mirando los prados húmedos captados por las
luces del coche pasando al lado y quedándose atrás. El limpiaparabrisas
chirriaba de un lado a otro.
Iris suelta el pelo sobre el hombro con la mano izquierda
mientras coge el cepillo con la otra. Inicia un movimiento
rítmico alisando la melena con un leve chasquido al pasar el
cepillo, una y otra vez, arriba y abajo. Le acaba de decir que
está embarazada.

Lorraine ha ido a una exposición. Él tiene aún que llamar
a Frank para confirmar la jornada de caza. La fotografía
en papel satinado de la revista que tiene en su regazo muestra
la escena de un desastre natural. Uno de los tipos de la
foto, el líder evidentemente, señala una extensión de agua.
“¿Qué vas a hacer?” Se vuelve y va hacia el baño. Una toalla
detrás del retrete, el olor a polvos de talco New Spring y a
colonia King’s Idyll. Hay un círculo amarillo de polvos talco
en el lavabo que frota con agua antes de afeitarse. Mientras se
afeita puede verla cepillándose el pelo en la sala. Cuando ya
se ha lavado y secado la cara, al coger de nuevo la navaja, golpean
en el tejado las primeras gotas de lluvia.
Miró el reloj del tablero de instrumentos pero estaba
parado.
“¿Qué hora es?”
“No te fíes de ese reloj”, le dijo Frank levantando el pulgar
del volante para señalar el gran reloj de números amarillos
que sobresalía del tablero. “Está parado. Son las seis y
media. ¿Te dijo tu mujer que tenías que estar en casa a una
hora?”, le preguntó sonriendo.
Farrell negó con la cabeza pero Frank no lo vio. “No,
sólo quería saber la hora”. Encendió un cigarrillo y se echó
hacia atrás en el asiento, mirando la lluvia a través de las luces
de los coches, salpicando el parabrisas.
Conducen desde Yakima, van a recoger a Iris. Comenzó
a llover cuando llegaban a la autopista Columbia River y al
cruzar Arlington es ya un torrente.
Parece que avanzaran por un túnel oblicuo. Ruedan por
el asfalto envueltos en la opacidad de los grandes árboles
inclinados sobre el coche, el agua cayendo en cascadas por
delante. Lorraine extiende el brazo por el respaldo del asiento,
su mano se posa levemente en el hombro izquierdo de él.
Está sentada tan cerca que puede sentir su pecho izquierdo
alzarse con la respiración. Ha intentado sintonizar algo en la
radio pero hay demasiada interferencia.
“Se puede poner una cama en el porche y que se instale
allí”, dice Farrell sin levantar la vista de la carretera. “No estará
mucho tiempo”.
Lorraine se vuelve hacia él inclinándose un poco en el
asiento. Posa la mano libre en su pierna. Con los dedos de la
otra mano le acaricia el hombro y apoya la cabeza contra él.
Un rato después, le dice: “Tú eres solo mío, Lew. Odio tener
que compartirte con alguien aunque sea poco tiempo. Aunque
sea tu propia hermana”.
Va dejando de llover y los árboles apenas se inclinan.
Farrell alza la vista y mira la luna, en creciente, afilada y pálida,
brillando entre nubes grises. Dejan atrás el bosque y las
curvas para entrar en un valle que se abre al río del fondo.
Ha dejado de llover y el cielo es una alfombra negra en la que
han esparcido puñados de estrellas.
“¿Cuánto tiempo se quedará?”, le pregunta Lorraine.
“Un par de meses. Tres como mucho. Tiene que volver a
su empleo en Seattle antes de Navidad”. Siente el estómago
revuelto. Enciende un cigarrillo. Expulsa el humo por la
nariz y lo empuja por la ventanilla.
El cigarrillo comenzaba a picarle en la punta de la lengua,
abrió la ventanilla y lo tiró. Frank dejó la autopista para
avanzar ahora sobre un firme resbaladizo que les llevaría al
río. Estaban en la región del trigo. Grandes extensiones de
trigo se extendían hacia el oscuro esbozo de las colinas, interrumpidas
aquí y allá por fangosas porciones de terreno que
parecían mantequeras por las pequeñas bolsas de agua. El
año que viene se cosecharán y en verano el trigo estará tan
alto que les llegará hasta la cintura, siseando y meciéndose
cuando sople el viento.
“Es una vergüenza, toda esta tierra sin grano la mayor
parte del tiempo y tanta gente sin nada que llevarse a la
boca”, dijo Frank meneando la cabeza. “Si el gobierno no
metiera la mano en los cultivos la maldita vista sería mejor”.
El firme de la carretera acababa en un saliente lleno de
baches y el coche empezó a saltar por una carretera elástica y
ponzoñosa hacia las colinas que se veían a lo lejos.
“¿Has visto morirse de hambre a alguien, Lew?”.
“No”.

El cielo encanecía. Farrell observaba los campos de rastrojo
teñirse de un falso amarillo. Alzó la vista por la ventanilla
y las nubes se fragmentaban y se deshacían en múltiples
pedazos. “Parece que va a dejar de llover”.
Fueron hasta el final, al pie de las colinas. Luego giraron
y avanzaron por el borde de los cultivos siguiendo las colinas
hasta que llegaron al cañón. Más allá, al fondo del acanalado
de piedra, se extendía el río, la orilla más alejada cubierta
por un banco de niebla.
“Ha dejado de llover”, dijo Farrell.
Frank maniobró en una pequeña hondonada rocosa y
dijo que aquél era un buen sitio. Farrell cogió su escopeta y la
apoyó contra el guardabarros de atrás para sacar las cartucheras
y otra chaqueta. Cogió la bolsa de papel con los sándwiches
y apretó los termos con las manos para sentir el calor. Se
alejaron del coche sin hablar y caminaron a lo largo del cerro
para luego bajar por uno de los pequeños valles que se abrían
al cañón. La tierra estaba tachonada aquí y allá de roca afilada
o matas negras que goteaban.
El suelo se ablandaba bajo los pies, tiraba de sus botas a
cada paso y hacía un ruido succionador cuando las levantaba.
Llevaba la cartuchera en la mano derecha, sujeta por la
correa, balanceándola como si fuera un tiragomas. Sintió en
la cara la brisa húmeda que venía del río. Los pequeños farallones
que daban al río estaban profundamente acanalados
por ambos lados, recortados en la roca dejando salientes
como planchas que señalaban la altura del agua hace miles
de años. En los salientes se amontonaban pilas de troncos
blancos pelados e incontables trozos de madera que parecían
huesos de algún pájaro gigante. Farrell intentó adivinar por
dónde habían aparecido los gansos tres años antes. Se detuvo
justo donde la colina empezaba a bajar hacia el cañón y
apoyó la escopeta en una roca. Cogió matas y piedras que
tenía a mano y bajó hacia el río recogiendo también restos de
madera para hacer un escondite.
Se sentó sobre el impermeable con la espalda apoyada
en un grueso arbusto y la barbilla en las rodillas, mirando los
huecos azules del cielo al desplazarse las nubes. Los gansos
estaban graznando bajo la niebla en la otra orilla. Se relajó,
encendió un cigarrillo y se quedó mirando el humo que de
repente salía de su boca. Esperaría a que saliera el sol.
Son las cuatro de la tarde. El sol acaba de ocultarse tras
unas nubes grises dejando el coche bajo una sombra enana
que le sigue mientras lo rodea para abrirle la puerta a su
mujer. Se besan.
Iris y él quedan en volver a recogerla, exactamente, dentro
de una hora y cuarenta y cinco minutos. Tienen que ir a
la ferretería y luego al supermercado. Volverán a recogerla a
las seis menos cuarto. Se sienta al volante de nuevo y, mirando
a ambos lados, se adentran lentamente en el tráfico. En la
avenida que sale de la ciudad se encuentran todos los semáforos
en rojo, luego gira a la izquierda para tomar la carretera
secundaria, acelera a fondo y los dos se van un poco hacia
atrás en sus asientos. Son las cuatro y veinte. Giran en diversos
cruces y avanzan por una carretera con huertos a ambos
lados. Sobre las copas de los árboles se divisan unas colinas
bajas y, al fondo, las montañas coronadas de blanco. La hilera
de árboles provoca sombras que oscurecen el arcén y que
avanzan delante del coche. El boj forma hileras blancas que
señalan los lindes de cada huerto, apiñándose contra los
árboles. Hay escaleras apoyadas en las horcaduras de los
árboles. Frena y se detiene en el arcén. Iris sólo tiene que
abrir la puerta para alcanzar la rama de uno de los árboles.
La rama raspa la puerta cuando la suelta. Las manzanas son
grandes y amarillas. Le chorrea entre los dientes cuando
muerde una.

Cuando se termina la carretera, siguen por un camino
lleno de polvo que llega hasta las colinas, hasta donde se acaban
los huertos. Todavía podrían alejarse más tomando la
carretera que avanza paralela al canal de riego. El canal está
vacío y los bordes empinados tan sucios y tan secos que se
desmigajan. Cambia a segunda. La carretera va cuesta abajo,
hay que conducir despacio, con cuidado. Detiene el coche
bajo un pino, al lado de la compuerta que conduce el agua
hasta una artesa circular de cemento. Iris estira la mano y la
posa en su pierna. Está oscureciendo. Sopla el viento. Escucha
el crujido de las copas de los árboles.
Sale del coche y enciende un cigarrillo. Camina hasta el
borde de la colina para ver el valle. El viento arrecia; el aire es
más frío. La hierba es rala, con alguna flor bajo sus pies. El
cigarrillo hace una leve espiral roja cuando vuela sobre el
valle. Son las seis en punto.
El frío era intenso. Entumecía los dedos de los pies y se
abría camino por las pantorrillas hacia las rodillas. También
sentía las manos rígidas de frío aunque las tuviera en los bolsillos.
Quería esperar a que saliera el sol. Unas nubes enormes
tomaban diversas formas al dispersarse sobre el río. Al
principio apenas lo notó, una especie de hilera negra avanzando
entre las nubes más bajas. Cuando la tuvo al alcance de
la vista creyó que era una nube de mosquitos cerrando filas
ante sus ojos y luego le pareció una grieta oscura abriéndose
entre cielo y tierra. Se volvió hacia él girando sobre las colinas
del fondo. Estaba asustado, pero intentaba mantener la
calma. El corazón le latía en las sienes, quería correr pero
apenas se podía mover, como si llevara piedras en los bolsillos.
Intentó ponerse al menos de rodillas pero el matorral en
el que se apoyaba le dañó el rostro y bajó la cabeza. Le temblaban
las piernas, intentó estirar las rodillas. Las piernas se
le entumecían cada vez más, hundió la mano en el suelo
moviendo los dedos, extrañado de su calidez. Entonces oyó
el suave graznido de los gansos y el zumbido de sus alas al
moverse. Sus dedos buscaron el gatillo. Oyó su réplica inmediata,
irritados, provocando una estridente sacudida hacia
arriba cuando le vieron. Farrell ya estaba de pie, apuntando a
un ganso y luego a otro, y de nuevo al anterior, así hasta que
se disolvieron rompiendo filas hacia el río. Disparó una vez,
dos, y los gansos seguían volando, en plena algarabía, disgregándose
y alejándose de la zona de tiro, sus humildes siluetas
difuminándose entre las ondulantes colinas. Disparó una vez
más antes de caer de rodillas con la vista nublada. Tras él, un
poco a la izquierda, escuchó el eco de los disparos de Frank
retumbando por todo el cañón como el chasquido de un latigazo.
Le confundió ver que salían más gansos del río, sobrevolaban
las bajas colinas y tomaban altura hacia el cañón,
volando en formaciones en V sobre la cima y los sembrados.

Volvió a cargar la escopeta con cuidado, apoyando el cañón
en la hierba, la culata en las costillas, provocando un chasquido
hueco al meter los casquillos en la recámara. Seis harían
el trabajo mejor que tres. Quitó rápidamente el taco del
cañón y guardó el resorte espiral y el taco en el bolsillo. Oyó a
Frank disparar otra vez y, de pronto, pasó a su lado una bandada
que no había visto. Cuando los estaba mirando se dio
cuenta de que venían otras tres más abajo. Esperó a que estuvieran
a su altura, meciéndose en el aire a unas treinta yardas
de la colina, moviendo levemente la cabeza de derecha a
izquierda, los ojos negros y brillantes. Cuando pasaban a su
lado, se irguió apoyando una rodilla en el suelo y les dio ventaja,
acosándoles un instante antes de que se abrieran. El que
estaba más cerca se contrajo y cayó al suelo en picado. Disparó
de nuevo cuando regresaban, viendo al ganso detenerse
como si hubiera chocado con una pared, aleteando contra
ella para intentar traspasarla sin dar la vuelta, agachando la
cabeza, las alas hacia fuera, en lenta espiral hacia abajo. Vació
el cargador en el tercer ganso cuando casi ya no lo tenía a
tiro y lo vio detenerse al quinto disparo, quedándose casi
quieto tras una rápida sacudida de la cola, pero aleteando
aún. Durante un buen rato estuvo viéndole volar cada vez
más cerca del suelo hasta que desapareció tras uno de los
cañones.
Farrell puso cabeza abajo los dos gansos dentro del
escondite y acarició su vientre blanco y liso. Eran gansos
canadienses, graznadores. A partir de ahora ya le daría igual
si los gansos volaban muy alto o salían de más abajo, de cerca
del río. Se sentó contra el arbusto y encendió un cigarrillo
viendo girar el cielo sobre su cabeza. Un poco más tarde,
quizá al principio de la tarde, se durmió.
Se despertó entumecido, sudando en frío. El sol se
había puesto, el cielo era un grueso sudario gris. Podía oír el
graznido de los gansos al marcharse, dejando tras de sí aquellos
ecos agudos y extraños por todo el valle, pero no podía
ver nada que no fueran las húmedas colinas negras cubiertas
en la base por una niebla que tapaba el río. Se frotó el rostro
con las manos y empezó a tiritar. Se puso de pie. Podía ver
avanzar la niebla envolviendo las colinas y el cañón, ovillándose
en el suelo. Sintió el aliento del aire húmedo y frío alrededor,
palpándole la frente, las mejillas, los labios. Se abrió
paso a tientas y comenzó a subir la colina.
Se quedó de pie junto al coche y tocó la bocina en una
ráfaga continua hasta que Frank llegó corriendo y le apartó
el brazo de la ventanilla.
“¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?”
“Tengo que ir a casa, ya te lo dije”.
“Joder, vale. Entra, por Dios. Entra”.
A no ser por un par de preguntas que hizo Farrell antes
de abandonar la región del trigo, permanecieron todo el rato
en silencio. Frank llevaba un cigarrillo entre los dientes, sin
quitar la vista de la carretera. Cuando atravesaron los primeros
parches de niebla a la deriva encendió las luces del coche.
Al entrar en la autopista la niebla se levantó y las primeras
gotas de lluvia comenzaron a golpear el parabrisas. Tres
patos pasaron volando frente a las luces del coche y fueron a
posarse en un charco al lado de la carretera. Farrell pestañeó.

“¿Has visto eso?”, pregunto Frank.
Farell asintió.
“¿Cómo te encuentras ahora?”
“Estoy bien”.
“¿Cazaste alguno?”
Farrell se frotó las manos y entrelazó los dedos, luego las
apoyó en el regazo. “No, supongo que no”.
“Vaya. Te oí disparar”. Cambió el cigarrillo de lado e
intentó fumar, pero se había apagado. Lo mascó durante un
rato, luego lo dejó en el cenicero y miró de reojo a Farrell.
“No es asunto mío, desde luego, pero me parece que
algo te preocupa en casa…Mi consejo es que no te lo tomes
demasiado en serio. Aún vivirás mucho, no tienes canas
como yo”. Tosió, se rió. “Ya sé, me solía pasar lo mismo.
Recuerdo…”
Farrell está sentado en el sillón de cuero bajo la lámpara
de cobre observando a Iris desenredar el pelo. Tiene una
revista sobre las piernas cuyas páginas satinadas están abiertas
en la escena de un desastre natural, un terremoto en alguna
parte del Oriente Próximo. A no ser por la pequeña luz
del tocador, la habitación está a oscuras. El cepillo se mueve
con rapidez por el pelo de Iris, largos movimientos rítmicos
que causan un ligero chasquido. Todavía tiene que llamar a
Frank y confirmar que se van de caza al día siguiente. Entra
un aire frío y húmedo por la ventana de al lado. Ella deja el
cepillo sobre el borde del tocador. “Lew”, dice, “¿Sabes que
estoy embarazada?”
El olor del baño le marea. Su toalla tirada tras el retrete.
Le han caído polvos de talco en el lavabo. Al mojarse se convirtieron
en un reguero amarillo de pasta. Lo frota y lo empuja
todo por el desagüe.
Se está afeitando. Al mover la cara puede ver la salita.
Iris de perfil sentada en el taburete frente al viejo tocador. Se
alisa el pelo. Posa la navaja y se lava la cara, luego la coge de
nuevo. En ese instante escucha las primeras gotas de lluvia en
el tejado…
La lleva en brazos afuera, al porche. Le vuelve la cabeza
hacia la pared y la cubre entera con el edredón. Vuelve al
baño, se lava las manos y arroja la toalla empapada de sangre
en el canasto de la ropa. Un rato después apaga la luz del
tocador y se sienta de nuevo en su sillón junto a la ventana,
escuchando la lluvia.
Frank se rió. “Así que no pasó nada, nada en absoluto.
Nos va bien después de eso. La típica trifulca de siempre,
pero cuando se dio cuenta de quién llevaba los pantalones,
no hubo más problema”. Le dio a Farrell un toque amistoso
en la rodilla.
Avanzaban por los arrabales de la ciudad, pasando ante
la larga fila de moteles con sus letras de neón intermitentes,
ante los cafés de ventanas humeantes, los coches agrupados
frente a la puerta, y ante los pequeños negocios de barrio,
cerrados y a oscuras hasta el día siguiente. Frank giró a la
derecha, en la siguiente a la izquierda y ya estaban en la calle
de Farrell. Frank entró detrás de un coche blanco y negro
que ponía en pequeñas letras blancas pintadas en el maletero
SHERIFF’S OFFICE. A través de las luces de su propio
coche, pudieron ver la alambrera que separaba el asiento de
atrás como una jaula. El vaho salía del capó de su coche y se
mezclaba con la lluvia.

“Puede que te busquen a ti, Lew”. Comenzaba a abrir la
puerta cuando se rió entre dientes. “Puede que se hayan
enterado de que cazas sin licencia. Vamos, te llevaré a mi
casa”.
“No, tú sigue, Frank, todo irá bien. Estaré bien, déjame
salir”.
“¡Ah, ya sabías que venían a verte! Espera un momento,
toma tu escopeta”. Bajó la ventanilla y le pasó el arma a
Farrell. “Parece que nunca va a dejar de llover”.
“Ya”.
Todas las luces de la casa estaban encendidas y unas
siluetas empañadas permanecían frente a la ventana miran-
do la lluvia. Farrell permaneció detrás del coche del sheriff
apoyado sobre la aleta lisa y húmeda. La lluvia le caía sobre la
cabeza y le bajaba por el cuello. Frank se alejó unos metros y
luego se detuvo, mirando hacia atrás. Farrell estaba apoyado
en la aleta, columpiándose levemente, la lluvia cercándole.
El agua salió a chorros del badén sobre sus pies, formando
un remolino en la rejilla del desagüe de la esquina y precipitándose
al centro de la tierra.



RAYMOND CARVER
'Sin heroísmos,
por favor'
Prosa, poesía y crítica literaria
Prólogo de Tess Gallagher
Traducción de Jaime Priede
Bartleby Editores

Selection, nº 2
Chico State College, 1961
(Incluido en Furious Seasons and Other Stories, Capra Press, Santa Bárbara,
California, 1977).

© 2005 Mundinteractivos, S.A

No hay comentarios:

Publicar un comentario