lunes, 2 de noviembre de 2020

Risas y lágrimas. Jorge Fernández Díaz



Fidel Sclavo

Con un nudo en la garganta, tratando de disimular el dramatismo de la hora, el Pitu y el Zorro empujabman la silla de ruedas en medio del gentío. Camino al estadio de Rosario Central miles de personas reconocían a Fontanarrosa y se le acercaban para saludarlo. El Negro ya no podía mover las piernas ni los brazos. Una enfermedad neurológica degenerativa le había ido acorralando la cabeza, lo único que todavía funcionaba bien en ese cuerpo inmóvil. Muchas veces sus dos amigos de la Mesa de los Galanes habían recorrido con él ese mismo trecho, en los prólogos del ritual que más le gustaba: sufrir por amor. Por amor a Central. El Pitufo y el Zorro, míticos protagonistas de tantos cuentos sobre fútbol y mujeres, iban destrozados por dentro, tratando de adivinar qué pensaría Roberto y viendo cómo la muchedumbre lo reconocía, lo alentaba, lo tocaba y le daba besos. De pronto, el Negro giró la cabeza, miró al Zorro y le dijo, con tono alegre: “¿Te das cuenta? Ya soy el Gauchito Gil”.

Eso fue siempre Roberto Fontanarrosa: una risa en medio de la desesperación de la vida.

Su madre Rosa señalaba irónicamente que su célebre hijo había nacido un día domingo y que eso era señal inequívoca de que iba a salirle “medio vago”. A veces el Negro se lamentaba de no haber tenido una infancia desgarradora, porque eso da prestigio literario, y de carecer de parientes artistas, puesto que eso otorga al menos la idea de un linaje. Nació en la calle Catamarca, en un hogar de clase media, y sus padres fueron un vendedor de seguros que amaba el básquet y un ama de casa que leía. De su padre, que había sido jugador de la selección nacional de básquet y luego entrenador vocacional, aprendió la pasión por los deportes y el humor: era un tipo avasallante, pletórico de amistades y de vida social, que no se preocupaba mucho por hacer dinero. “Todavía la ambición no era una virtud –recordó a su hijo –. Estaba mal vista”. El Negro y su madre iban una vez por semana al cine y se tragaban la triple programación sin ningún sentido crítico. Función continuada: guerra, westerns y comedias. Lo que venía.

En el barrio no estaba todavía instalada la televisión como centro de la familia, así que el niño se crió leyendo la Colección Robin Hood y los globitos de ese verdadero “cine pobre” que es la historieta. Los dos momentos cruciales de su vida sucedieron cuando su padre lo llevó por primera vez a ver a Central y le inoculó la adicción al fútbol, y luego cuando comenzó a padecer el colegio: Roberto tenía de chico una timidez enfermiza y solía tirarse en la cama con una ataque de nervios para tratar de evitar que su madre lo llevara a clase. Era solitario e introspectivo, vivía leyendo Rico Tipo, El Rayo Rojo y Hora Cero (de Héctor Oesterheld), y garabateaba dibujitos mientras hacía los deberes. El problema se acentuó cuando creyendo que todo eso prefiguraba un destino cercano al dibujo industrial, le sugirieron que cursara la secundaria en el Politécnico. El Negro era una especie de vegetal, un lector de aventuras metido para adentro, ajeno a la enseñanza de las matemáticas y de la física. Fue una debacle. “¿Por qué hay que ir temprano a la escuela? –se preguntaba de grande –. Los inviernos eran más crudos y oscuros. Espantosos. Yo fui un pionero de la deserción escolar y creo que todo lo que he emprendido en la vida fue para no levantarme temprano”.

Repitió, efectivamente, tercer año y anduvo un largo tiempo sin hacer otra cosa que no fueran aquellos comics amateurs que escondía en cajas de zapatos. Hasta que su padre, un tanto preocupado, lo conchabó en una agencia de publicidad. Allí lo recuerdan como “un flaco negro y mudo”. Hizo cadetería y aprendió los rudimentos del oficio, y sus trazos en el papel sorprendieron a los profesionales. Roberto se había anotado en un curso por correspondencia que dictaba la Escuela Panamericana de Arte, dirigida por su admirado Hugo Pratt, el creador del Corto Maltés. Al principio, su madre era escéptica: por la efectividad académica del método y por la puntualidad del correo. Pero Fontanarrosa se abocó obsesivamente a absorber todos esos conocimientos, que fueron los cimientos técnicos de su arte. Un contacto de la agencia lo invitó en 1968 a ilustrar una revista local de actualidad, y eso lo obligó a interiorizarse por primera vez en la política.

Una cosa llevó a la otra: comenzó a publicar sus primeros chistes y parodias en mensuarios rosarinos, y después pasó a la legendaria “Hortensia”, una publicación de tirada nacional donde Roberto dio a luz a Inodoro Pereyra y a Boogie El Aceitoso. El primero comenzó como una sátira a las voces camperas del Martín Fierro, y el segundo aludía humorísticamente a Harry El Sucio. Esas dos criaturas lo volvieron famoso. Sobre todo, cuando Clarín renovó su contratapa y le propuso mudar allí sus creaciones y ocurrencias.
Aquel muchacho “medio vago” se armó entonces una férrea rutina de trabajo de ocho horas diarias en la que dibujaba e inventaba contra reloj, sacando agua de las piedras, situaciones de la vida real y bromas de la política argentina.

Cuando la jornada tocaba a su fin, alrededor de las siete y media de la noche, Roberto caía por la Mesa de los Galanes, un grupo de entrañables y lúcidos “atorrantes” que se reunía en el bar El Cairo de Rosario a conversar sobre cualquier cosa. De todos ellos, Fontanarrosa era el más callado. Sin embargo, aquellas entonaciones, aquellos temas y anécdotas aparecerían más tarde transfigurados en relatos cortos que el Negro comenzó a escribir. Dueño de un oído absoluto para el habla popular, pescador de pequeñas historias en esa usina de café, Roberto hizo lo que casi ningún historietista se atrevió: salir de los cuadritos y aventurarse en el difícil terreno de la literatura.

Primero lo hizo con novelas como “Best Seller” y “El área 18”, donde se burla de aquellas peripecias de espías y mercenarios internacionales, que en verdad tanto le regocijaban. Su conocimiento del género resulta asombroso. Lo mismo lograría con muchos de sus cuentos breves, donde para producir tramas hilarantes imita a la perfección el lenguaje de los suplementos literarios, de la prosa periodística, del panegírico, de la ciencia pura y dura y, sobre todo, de aquel estilo narrativo que se podía leer en la revista Selecciones de Reader’s Digets.

Ya Daniel Divinsky, heroico editor de De la Flor, venía publicando libros donde se compendiaban las andanzas de Inodoro y de Boogie, y antologías de sus viñetas y tiras gráficas. Cuando Fontanarrosa le acercó el primer volumen de cuentos cortos no dudó en jugarse entero. Daniel le corrigió la sintaxis y la ortografía, y lo siguió haciendo hasta su muerte. El Negro ya alternaba su profusa obra cuentística con sus colaboraciones como libretista de Les Luthiers y con su extenuante trabajo diario. Pero en cuanto encontraba un tiempo libre escribía de una sentada de cuatro horas el bosquejo de un cuento. Todos ellos son mecanismos para la carcajada, pero tienen un fondo casi imperceptible de melancolía. Los más inquietantes son los rosarinos, puesto que allí ha logrado desplegar una galería de personajes propios e inolvidables, una picaresca llena de localismos que sin embargo resulta universal.
Esa cosecha reconoce una influencia: la literatura norteamericana que el Negro se puso a leer. Salingher, Capote, Mailer y muchos más. Y las correrías ciertas o imaginadas de los muchachos de El Cairo y de los vecinos de su ciudad. “Cuando Fontanarrosa escribe se instala en una Mesa de Galanes intemporal donde charlan Roberto Arlt, Hemingway, Mark Twain o Chejov. Modestamente”, escribió alguna vez el crítico Elvio Gandolfo.
La frase intenta hacer justicia con un escritor auténticamente popular que, como navegaba en la zona del humor, como era una mezcla extraña de Olmedo y Woody Allen, resultaba inclasificable para la crítica culta. “Lo contrario de lo humorístico no es lo serio –apenas se defendía Roberto–. Lo contrario es lo pomposo”. Y Guillermo Saccomanno lo redondea: “Si un don tiene la literatura del Negro es hacerles sentir a sus lectores la estupidez humana. Quien no se haya reconocido en uno de sus cuentos, miente. Y se miente”. El Pitufo refiere que cierta tarde dejó caer sobre la mesa una anécdota que lo había rozado. Un compañero suyo, también profesor en la Facultad de Arquitectura, llevó su automóvil al taller. Al mecánico lo llamaban Boogie El Aceitoso y la conversación rápidamente derivó hacia el fútbol: tanto el profesor, como el tallerista y sus dos ayudantes eran hinchas fanáticos de Central. Ese mismo domingo los canallas tendrían que vérselas con los leprosos. “Y Ñuls viene ganando, nos van a pasar por arriba”, exageraban. Estaban muertos de miedo. Uno de ellos propuso una solución mística: formularle un pedido especial a la Virgen. Se fueron convenciendo unos a otros, y entonces el mecánico cerró el taller y los cuatro buscaron una parroquia abierta. Eran cinco o seis de la tarde, se metieron en una y tomaron el lado derecho de la nave. Iban semblanteando santos para ver a quién se encomendaban, y encontraron finalmente una imagen ante quien se hincaron y rogaron. Como a uno le pareció que la Virgen podía serles indiferente, le agarró un piecito y comenzó a hablarle de manera más enfática. Con tanta mala suerte que un dedo de yeso se quebró, y los “canallas” salieron corriendo, aterrados por lo que habían hecho. Al día siguiente, el Pitufo recuerda que iba manejando y que de pronto oyó en la radio a alguien que denunciaba el hecho vandálico y que le echaba la culpa a las nuevas sectas brasileñas. La Virgen no dio importancia al asunto: ese domingo Central ganó bien. “Cuando conté todo esto, el Negro no dijo nada –asegura su amigo del alma–. Pero un año después se vino con un cuento donde se recreaba y agrandaba la historia. Nos reímos mucho, y me preguntó si los aludidos querrían salir con sus nombres verdaderos”. El Pitufo fue a verlos, creyendo erróneamente que pretenderían el anonimato, Resultó todo lo contrario: nadie quería perderse entrar en la posteridad y formar parte de un relato de Roberto Fontanarrosa. En otra ocasión, el Zorro contó medio en serio y medio en broma que una noche en un boliche se había hecho muy tarde y estaban muy bebidos, y que el ligue no había funcionado. Fue entonces cuando él y su compañero comenzaron a evaluar la posibilidad de seducir a dos damas muy poco agraciadas, bajo el lema barrial “después de las cuatro si es mujer mejor”. El Zorro se llevó a una y asegura, con el mismo tono en que hablan los personajes del Negro, que era tan pero tan fulera que varios muchachos bajaron de un auto en una esquina para aplaudirlo. Fontanarrosa escuchó aquella chanza de bar y construyó con ella un cuento desopilante y costumbrista: “Después de las cuatro”. Maestro del diálogo realista y chispeante, muchos de esos textos fueron tomados por dramaturgos y actores, y convertidos en obras de teatro. Fontanarrosa cedía, sin preguntar demasiado, los derechos de autor, pero jamás se involucraba: le fatigaba tener que trabajar más y guardaba la íntima idea de que si las obras no salían bien nadie le iba a echar la culpa. “El mundo ha vivido equivocado” es posiblemente la más representada.

“Nunca voy a ser un escritor importante en el sentido de que jamás vuelco en las historias los dramas personales míos, las cosas que realmente lastiman”, pensaba. El modo de convertir esa “falencia” en arte se puede ver en “Mamá”, un cuento insólito en el que su narrador va revelando que su madre es alcohólica, fumadora, ludópata y finalmente hipocondríaca. El hijo, sin embargo, va justificándola desde el cariño. Su primera línea es indicativa: “A mi mamá le gustaba mucho el trago”. Cuando el cuento se publicó en el libro “Te digo más”, varias tías y vecinas lo llamaron: “Robertito, nosotras no sabíamos que tu mamá tenía esos problemas”. El ensayista Pablo Gianera le realizó, para la Audiovideoteca de Escritores una entrevista de tres horas que permanece inédita y que funciona como una suerte de testamento literario. Allí Fontanarrosa cuenta que una noche se despertó alterado: acababa de tener un sueño erótico con una amiga de su mujer. Por supuesto, su mujer se encontraba durmiendo a veinte centímetros de su almohada. “Y yo traicionándola con esa amiga”. Esa situación fue el germen de un relato donde un hombre confiesa en cierto club de barrio un sueño erótico y lo meten preso. En la comisaría, frente a un oficial escribiente, va contando lo que sucedió sin aclarar que fue un sueño, y se defiende asegurando que ella lo había provocado. Fontanarrosa le explicó a Gianera que la anécdota real puede ser un disparador, pero que pocas veces resulta más que eso: “La gente piensa que es fácil, se mete con un grabador en un bar y después escribe lo que se escucha y quedó grabado. Nuestro trabajo es ver, captar la mirada desde otro ángulo. A veces uno toma una expresión o una palabra de alguien real. Pero una cosa es eso, y otra muy distinta es elaborarlo de manera literaria”.

También revela su rutina: “A medida que voy escribiendo un relato se me van ocurriendo otros. Tengo la ansiedad de los dibujantes. He trabajado más de lo debido, y a mayor cantidad, menor calidad. No puedo estar corrigiendo indefinidamente, y me agarra apuro por publicar. Me vuela el temor de que alguien pueda tener la misma idea de un cuento, cosa que finalmente nunca ocurre. Escribo un relato, lo dejo en una carpeta y paso al siguiente. Cuando termino veinte ya tengo la suficiente distancia: los leo entonces como si fuera de otro escritor y empiezo a hacer una pasada de correcciones. La última pulida la hace Divinsky. Es tan bueno que yo después ni siquiera lo noto”.

Allí se reconoce completamente sorprendido con la facultad de Woody Allen para “ver lo que sentimos”: “Cuando crea Zelig refleja eso que siempre vemos, gente que se mimetiza, que cuando habla con un peronista es un peronista. La diferencia es que Woody se dio cuenta de cómo inventar un personaje que sintetice ese fenómeno humano. Lo mismo pasa con aquella idea de siempre de que hay personajes del cine tan reales que parece que se salen de la pantalla. Con esa idea, hizo La Rosa Púrpura del Cairo. Y fijate en esas personas que en la vida parecen como fuera de foco. Mirá lo que hizo en Deconstruyendo a Harry”.

El diálogo se realizó en Rosario, cuando ya Fontanarrosa estaba enfermo y tenía que usar asistentes y lápices especiales para poder cumplir con sus dibujos, tiras y chistes. No encontraba entonces ese hueco de tranquilidad para escribir su prosa, y un amigo le prestó un departamento en Mar del Plata. Quedaba frente a la base de submarinos, era noviembre y el Negro estuvo seis días de felicidad haciendo cuentos. A razón de uno por día. Los escribía a mano y no se levantaba hasta que estaban terminados: luego su mujer se los mecanografiaba. “Me sentía un escritor norteamericano”, se reía. Descubrir que padecía una especie de esclerosis lateral amiotrófica no fue fácil ni rápido. Resultó un proceso lento, lleno de marchas y contramarchas, pruebas y tratamientos, esperanzas y angustias. El cuerpo, como si jugara un dominó inexorable, se fue paralizando por partes, y no hubo nada que detuviese ese tobogán siniestro. Ni siquiera un trasplante de células madre, que se realizó en Montevideo. Eduardo Galeano lo visitó en el sanatorio y el Pitufo viajó para traerlo de nuevo a Rosario. “A veces, digo: ¿cómo carajo puede ser que esté así, en silla de ruedas y no pueda ni caminar cuatro pasos? –se preguntaba Roberto-. Sin embargo, llega un momento en que lo asumís”.

Borges, si hubiera conocido esa desgracia, reivindicaría su coraje diciendo que jamás descendió al sentimentalismo. Es así: Fontanarrosa nunca se quebró; llevaba su maldición con enorme hidalguía. En los últimos momentos, cuando ya no podía ni probar la comida sólida (lo alimentaban con un complejo vitamínico), la Mesa de los Galanes se trasladaba a su casa. Los muchachos entraban, con un paquete de sándwiches, y se la pasaban hablando de fútbol y de minas. De vez en cuando hacían silencio para escuchar la voz susurrada y exánime del Negro, y seguían alborozados y optimistas con las anécdotas y las jodas internas. Cuando salían a la calle, dejaban de simular y se tomaban la cabeza y el corazón, destrozados por la evidencia de que su amigo se apagaba inexorablemente. Era una mente superdotada y lúcida atrapada en un cuerpo que lo hundía en las arenas movedizas de la muerte. Falleció finalmente a las tres de la tarde del 19 de julio de 2007 en el Sanatorio Central de Rosario, una hora después de haber sido internado. Tenía 62 años y dejaba una obra impresionante.

Los muchachos de El Cairo se siguen reuniendo donde siempre, y no pasa una tarde sin que se recuerde alguna frase, algún gesto, alguna línea de Roberto Fontanarrosa. Uno de ellos me explica lo que pensaba de su legado literario: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga. No aspiro al Nobel de Literatura. Ya me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: Me cagué de risa con tu libro”.

Uno de sus colegas revela un dato desconocido: cuando lo invitaron a hablar en el Congreso Internacional de la Lengua Española, que se hizo en Rosario, el Negro dudó mucho. Era un gran honor, le abrían las puertas de la academia, pero él no sabía muy bien qué podía aportar entre tantos discursos ceñudos. Entonces Tomás Eloy Martínez habló con su editor y le dijo: “Decile al Negro que no trate de ser otro ni de escribir una ponencia. Que sea él mismo”. Y vaya si lo fue: su stand up sobre las malas palabras es un momento cumbre de la inteligencia y del humor.

“Sabés lo que pasa –me comenta el Pitufo– el Negro era un argentino muy raro: tenía humildad y sentido común. ¿Dónde encontrás otro igual?”. No puedo dejar de imaginar a aquel pibe introvertido y “medio vago” que leía Rico Tipo y lloraba para que su madre no lo llevara al colegio. Les pregunto por qué nunca se vino a vivir a Buenos Aires, por qué se quedó para siempre en sus pagos. Fontanarrosa me responde desde un globito garabateado en una servilleta imaginaria: “Porque Rosario tiene buen fútbol y bellas mujeres. ¿Qué más puede ambicionar un intelectual?”.


Risas y lágrimas es un texto del escritor argentino Jorge Fernández Díaz publicado dentro de Te amaré locamente, un libro de apuntes sobre la seducción, la vejez, el barrio, el crimen, y los dioses, héroes y villanos. 


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