martes, 16 de enero de 2024

un artículo de Marion Eppinger relatado por Jorge Fernández Díaz en pensándolo bien


Jorge Fernández  en Pensándolo bien , comenzó leyendo un artículo de Marion Eppinger que narra en primera persona la terrible experiencia de tener que vivir escondida en una casa colmada de oficiales nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Corría el año 1944 y los nazis ya casi perdían la guerra. Pero aun camino a la derrota, en marzo de ese año, las tropas alemanas ingresaron a Hungría, mi país, con el plan de completar lo que llamaban la solución final. Traducido a lengua humana o inhumana ese plan consistía pura y simplemente en la aniquilación total de la comunidad judía en Europa.

Cuando en Budapest empezaron las deportaciones masivas hacia Auschwitz y otros campos de exterminio, mis padres tomaron la sabia decisión de escapar, llevándome a mí –para entonces una nena de 11 años– y a mi hermano de 9.

Mi papá consiguió un pasaporte falsificado a nombre de un tal señor Sipos, supuesto jugador de fútbol yugoslavo, con la idea de cruzar la frontera y escondernos los cuatro en algún lugar de Eslovaquia.

La fuga no fue fácil y apenas tocamos la frontera sentimos la proximidad de la muerte. Estábamos los cuatro sentados en un vagón de tren. Mi papá tenía facha de cualquier cosa menos de jugador de fútbol.

Para colmo, tenía la calva llena de gotas de transpiración originadas no por el calor sino por el miedo. El guardia fronterizo alemán se quedó media hora afuera con el pasaporte en la mano mirándolo del derecho y el revés y escrutándolo con ojos de felino. Pasado ese tiempo se acercó en silencio y, con pocas palabras, dijo que podíamos seguir.

El proyecto inicial de mis padres era alojarnos en un hotelito de provincia manteniendo una falsa identidad. Pero eso no fue posible. A los pocos días unos oficiales nazis alojados en el hotel sospecharon de nosotros. Nos quisieron hacer hablar, simulaban que eran húngaros y judíos, nos provocaban ostensiblemente mientras yo agarraba fuerte a mi hermanito del brazo para que no abriera la boca.
Mi padre no dudó en buscar otra solución. Se le ocurrió entonces llamar a unos amigos que eran húngaros católicos –Maria y Gustav Mariassy–, vivían allá y provenían de una extracción social muy distinta a la nuestra. Eran terratenientes acaudalados y residían en un caserón que parecía un castillo.

Era un edificio del siglo XVII, muy grande y ubicado en el centro de una propiedad agroforestal. Nosotros éramos una familia de clase media judía, industrial y urbana. Lo cierto es que ante la urgencia de la situación, el padre de esa familia, que incluía a su mujer y a cinco chicos, no dudó en invitarnos a vivir en un cuarto al fondo aun sabiendo el riesgo que corrían.

Ellos eran antinazis por principios éticos y humanitarios aunque no eran militantes de ningún partido. Al ofrecernos un lugar, fueron muy generosos con nosotros en un momento verdaderamente crítico. Por esa razón mi familia está y estará eternamente agradecida. Era gente de primera, con una nobleza interior pocas veces vista.

En la casa también vivía una institutriz inglesa –nosotros la llamábamos la miss– y un guardabosques. La vida era muy organizada. Jugábamos con los chicos, hacíamos una especie de escuela con la institutriz, vestíamos traje marinero azul a rayas durante la semana y los domingos otro traje de marinero pero blanco. Podíamos salir, nadie sospechaba todavía de nosotros. Para el vecindario éramos una familia húngara y católica, amiga de los patrones.

Pero muy pronto la diversión se acabó en medio del contexto bélico. Primero avanzó el frente ruso hasta el lugar donde estábamos y los soviéticos dudaron de nosotros llegando a pensar que la familia que nos había alojado era nazi. Mi padre intercedió contando la historia de cómo habíamos sido salvados por los aristócratas que nos habían dado alojamiento aun sabiendo que éramos judíos.

Pero como parte de los vaivenes caprichosos de toda guerra, el frente ruso se vio obligado a retroceder y entró a nuestro pueblo un batallón alemán importante, varios de cuyos integrantes ocuparon toda la planta baja del caserón en el que vivíamos.
Fue entonces que nuestros amigos le pidieron al guardabosques que nos llevara ocultos durante la noche a la cima de un monte, el Ostra, a vivir en unas casas precarias de barro y piedra junto a unos campesinos que trabajaban para ellos.

Ahí estuvimos viviendo en condiciones muy primitivas durante dos o tres semanas. La casa era en realidad un rancho con piso de tierra, dos piezas y una letrina que estaba afuera. Sentarse en esa letrina congelada resultaba una tortura. Estábamos en pleno invierno y la temperatura era de veinte grados bajo cero.

La casa tenía ventanas chicas y hasta la mitad estaba cubierta de nieve. En una pieza dormía el matrimonio de campesinos, en la otra vivía una hija con el marido y un bebé cuyo colchoncito colgaba del techo en una hamaquita. Cuando el bebé lloraba ellos tiraban de una soga para hamacarlo.

El resto consistía en una cocina donde dormíamos los cuatro. El ambiente ahí era irrespirable. Ocurre que en esos tiempos lo único que se comía era cerdo. Lo faenaban, y luego cocinaban la piel para extraer la grasa que se utilizaba en la cocina, como es costumbre en esa parte de Europa. Eso hacía irrespirable el ambiente.

Por si fuera poco, días después llegaron al lugar unos ocho o nueve guerrilleros antifascistas –los famosos partisanos– que también se alojaron en ese rancho que a esa altura parecía un refugio de montaña.

O sea que a la noche dormíamos todos juntos –el pastor, su mujer, la pareja con el bebé, y nosotros cuatro con los guerrilleros– sobre el suelo de paja. Mi papá, muy celoso, se ocupaba de que mi mamá no durmiera demasiado cerca de los partisanos. Fue algo gracioso en medio de la tragedia.
Todas las mañanas mi madre calentaba agua y nos paraba desnuditos en una palangana para bañarnos. Luego nos vestía y nos mandaba a la nieve con unas papas para cocinar haciendo fuego con unas ramitas. Era una especie de entretenimiento. En eso estábamos cuando llegó al lugar una patrulla alemana, dos de cuyos integrantes fueron matados de inmediato por los guerrilleros.

La situación se complicó de pronto para todos los que estábamos ahí. Los partisanos se fueron llevándose ropa y alimentos y nosotros sabíamos que después de eso vendría la tropa alemana para buscar y vengar a sus soldados.

Mis padres mandaron la noticia a nuestros amigos –los que nos alojaron inicialmente– quienes de inmediato se ocuparon de nosotros enviando al guardabosques que nos llevó de regreso al caserón para entonces ocupado, en toda la planta baja y el hall de entrada, por una especie de cuartel que primero fue de la Wehrmacht –fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi– y luego de las SS, es decir, el cuerpo de combate y terror creado por Hitler. Ahí empezó para nosotros la etapa clandestina y de miedo constante.

Entramos a la casa sigilosamente y nos escondimos arriba. Por suerte los alemanes nunca investigaron bien el lugar donde nos guarecíamos. Es más, los sirvientes y cocineros que cocinaban para ellos también se ocupaban de mandar comida todos los días para los doce que vivíamos arriba.

El 15 de enero de 1945, cumpleaños de uno de los hijos de la familia que nos hospedaba, subió el cocinero de abajo con una torta de cinco pisos. Cuando hizo entrega de la torta aprovechó para informarnos en secreto que mi hermanito hacía ruido correteando y podría levantar sospechas de las SS. Fue un buen gesto de su parte. De ese modo mostró y demostró que sabiendo quiénes éramos estaba de nuestro lado.

Su advertencia convenció a mis padres de que realmente estábamos en peligro. Como para confirmarlo, en esos días apareció en el piso de arriba un oficial alemán de alto rango, uniformado, diciendo que ellos necesitaban una habitación más. El hombre recorrió todos los cuartos y nosotros temblábamos.
En el último cuarto estaban la institutriz inglesa y el señor de la casa. El alemán lo encaró, casi agarrándolo del cuello, y le preguntó si sabía que había un premio muy grande para denunciar judíos.

El hombre respondió en voz baja que sí, que estaba informado al respecto. De inmediato el oficial le preguntó si también sabía que cuando ellos encontraban a judíos los mataban y mataban también a quienes los habían escondido. El aire se cortaba con un cuchillo. Mi amiga, una de las hijas de la casa, todavía tiembla cuando lo recuerda.

El dueño de casa se animó a preguntarle al oficial por qué hacían eso a lo cual el nazi respondió diciendo que los judíos eran el origen de todos los males del mundo y que también debían ser matados los niños porque cuando fueran grandes serían como sus padres. En ese momento el SS sacó del morral una granada y se la puso en las manos al hijo mayor de la familia.

¿Sabés que es esto?, le preguntó de manera sarcástica. Es una granada. Puede explotar todo el caserón en pocos segundos. Se hizo un silencio de muerte y el hombre dio media vuelta y se fue. Milagrosamente no pasó nada. Lo del oficial fue evidentemente una bravuconada sádica que, por suerte, terminó ahí.

La guerra poco a poco estaba llegando a su fin. El ejército ruso se acercaba. A fines de enero de 1945 los soviéticos llegaron al lugar y los alemanes ordenaron la evacuación de todos sus efectivos. Mi madre nos ordenó recoger nuestras pertenencias.

Podíamos por fin salir a la calle donde nos esperaba un carro tirado por caballos. ¿Pero cómo?, pregunté yo. ¿Y si nos ven? No te preocupes –dijo mi madre–. Ahora son ellos los que tendrán que esconderse. No tienen tiempo ya de ocuparse de nosotros.

En el próximo pueblo nos alojamos en la casa de amigos de nuestros salvadores y unos días después vimos ingresar los tanques con los soldados rusos. Los oficiales, igual que los alemanes en su momento, se instalaron en la casa que ocupábamos sin pedir permiso. Pero esta vez éramos amigos.
Me sentaban en sus rodillas y con los ojos llorosos mostraban fotos de su familia así como las cicatrices, las heridas de bala, los pies congelados, y sus muñones, donde antes había dedos o brazos. Yo, a los 11 años, miraba con fascinación este mundo de adultos rudos y sentimentales y percibía los recuerdos de sus propios niños que yo les evocaba.

Así fue que emprendimos el viaje hacia Budapest por los bosques nevados, sobre un suelo congelado, todos envueltos en mantas y llevando colchones en el carro. Yo esperaba el regreso a Budapest con una gran ansiedad. Recordaba a esa ciudad llena de árboles y luz. Pensé que me reencontraría con amigos y familiares. El fin de la guerra era una gran ilusión para mí.

Pero lo que encontré fue horrible y muy diferente a lo esperado. La ciudad estaba en ruinas. Al llegar a la estación de tren en las afueras lo primero que vi fueron montañas de tierra, escombros, basura y una mujer con el pelo rapado y un pañuelo en la cabeza empujando una carretilla con sus escasos bienes. Todo parecía una ruina gris y polvorienta. Las calles estaban llenas de soldados rusos.

Después de mucho andar llegamos a nuestro departamento donde nos encontramos con algunos miembros de la familia que habían sobrevivido al Holocausto. Luego de los besos y los abrazos yo me senté en un rincón y me puse a llorar.

Mi mamá se acercó y me preguntó ¿qué te pasa? ¿justo ahora te ponés a llorar? Yo no encontraba palabras para explicarle que para mí era el llanto final, una descarga, el paso de la frialdad inicial a la sensación de que ahora podía llorar, portarme mal, sentirme libre después de tanto horror, tanta muerte y ocultamiento.

Y aquí estoy ahora setenta y tres años después. Tras el paso del tiempo supe que a nuestros héroes salvadores los stalinistas les hicieron pagar caro sus orígenes aristocráticos. Vivieron los 45 años siguientes sometidos a malos tratos, trabajando en minas de carbón y en otras ocupaciones perniciosas para su salud. Hoy sus descendientes, con los que sigo en contacto, aún muestran la misma nobleza y bondad que tuvo su familia durante la Guerra.

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