jueves, 10 de mayo de 2018

Perro contra la muerte bajo la luna . ÁNGELES MASTRETTA





Estaba yo perdida en el abismo de una certidumbre, cuando el perro vino a exigirme que le abriera la puerta. Quería salir a la terraza en pos de algo que se le escapó de aquí dentro. En cuanto abrí, saltó. Lo vi correr tras una lagartija y atraparla, morderla, aventarla al cielo, verla caer.
Todo en segundos. No alcancé a defenderla. Y era tan chiquitita como un prendedor. La naturaleza había crecido esa perfección para que el perro la destripara porque sí, para jugar. Luego entró muy en paz, con el deber cumplido, a pedirme un cariño.
“Aunque la tarde esté así de brillante”, le dije, “yo no alcanzo a ver claro. Tal vez nadie”.
Por toda respuesta este perro, al que en secreto llamo Futuro, porque es gris y melancólico, se tiró panza arriba pidiendo más rascar. Él es de otro mundo, tal vez por eso se empeñe en recordarme de qué modo le resulta inevitable que yo termine el día trapeando, lo que provoca su criterio, cuando vienen visitas.
Quién sabe a qué dictado obedece su instinto, pero le gustan dos esquinas en los cuartos con piso de madera, a las que acude apenas me distraigo. Y ya lo he regañado tantas veces, pero de manera tan ineficaz, que no ha aprendido a evitarlo, aunque sí a correr apenas me ve hincada con un trapo y una bandeja de agua, echando maldiciones contra mi mal corregir y su buen hacer. Ya no le digo nada, si acaso le pido que no tiemble como si alguna vez hubiera yo tomado una medida más radical que la de recetarle un discurso apelando a su entendimiento. No han conseguido nada mis reclamos. Dicen, quienes me ven decirlos, que no entiende ni la más mínima palabra. De todos modos, yo hablo con él de este y otros dilucidares, con una soltura que sólo sus orejas provocan. Nadie consiente más a mi albedrío verbal que su silencio intacto. Me deja en libertad para contarle una ridiculez, cantar estrofas que no me sé y preguntarle si él también piensa que los libros de memorias son un género menor.
Es un perro tranquilo, de ahí que escuche con tantísima paciencia mis deliberaciones. Si acaso baja la mirada como si las cosas tristes lo pusieran a cavilar. O mueve la cola si en la voz nota un puño de conjuros.
Como podrán ustedes leer en este número, en el mundo que nos rodea hay quien sabe tanto y con tal rigor de los asuntos que a todos nos lastiman que, para no interrumpir los datos duros, con interjecciones ociosas, guardo mi espanto para contárselo a él.
“¿Sabes?”, le dije, “esto de las muertes y los muertos se ve cada vez más horrible. De sólo oír se quiere uno poner a dar de gritos. Hasta volverse mudo, como tú. Yo, para efectos de entender, soy perro, con las orejas quietas y los ojos de pasmo. ¿No oímos siempre que el mal es imperfecto? ¿Cómo es que ahora alcanza tal precisión? Porque ya no es como antes. No es algo que podría uno imaginar. Estos muertos. Al principio aparecían de repente, como un trastorno, como algo que pasaba en la bruma de los diarios. Nadie quería hacer mucho caso, ni nombrar a la muerte demasiado. Parecía cosa de esperar un poco, de ir a otra parte a entender otro cuento y volver cuando el daño se hubiera ido al vacío.
”Al principio no tenían cara, eran sombras y herían a otras sombras. Al menos eso quisimos creer los que no queríamos atisbar el horror. Yo, sin duda. No les vimos las caras a esos muertos, ni creímos que el brillo de las tardes estaría amenazado por su ausencia. Se oía de ellos como de los huracanes: mal de un rato y del que estar a salvo. Eran muertos de otra novela. Claro, daba dolor saberlo, pero aún se podía huir del recuento. Y podíamos creer en que todo era un pleito de malos contra malos, de sordos contra mudos.
”Hace tres o dos años conseguíamos espantar el espanto. Ahora ya parece imposible. Se ha vuelto sólo el mal haciendo mal. Nos duró poco la ignorancia. Porque las fosas, el fuego, los colgados, los sin cabeza: esto que nos aflige, dejó de ser murmullo. Hace rato que no se puede mirar para otra parte. Ni siendo perro se puede. Aunque, a veces, cuando Rosario toca el piano, todo parezca bueno entre nosotros. Y tú quieras comer en paz hasta la última croqueta y luego irte a tirar bajo la luna acariciando el semicírculo en que duermes. Igual que yo, ¿verdad?”.
Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes yArráncame la vida.

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