sábado, 27 de junio de 2020

Diario de la peste 49: La información es el fuego del siglo y el siglo está frío. Gonçalo M Tavares



Un grupo de personas alrededor de la información.
Y sí, la información es el fuego del siglo y el siglo está frío.
Imagino a alguien tatuándose una noticia en la frente: la noticia de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra o del fin de la pandemia. O algo personal.
Una noticia tatuada en la frente.
Escribir un libro a partir de esto.

¿Qué noticia te tatuarías en la frente para que todos la leyeran?
He ahí una pregunta.
Hacer cuestionarios por las calles que ahora recuperan el sonido.
Brasil. Inaugurado un hospital de campaña que se construyó en 38 días en el estadio del Maracanã.
Para enfermos graves.
Un tercio de las muertes por covid-19 en EU "puede estar relacionado con las residencias de ancianos".
Alguien de 80 años dice que ha ido perdiendo las ganas de hablar durante las últimas semanas.
Me he vuelto casi mudo, dice.
Una mudez no orgánica.
Tan desesperado, que estoy mudo.
Una mudez por renuncia.
Pero en otros lados se grita.
Suiza. Cientos protestan contra las medidas de confinamiento.
Alemania: miles de personas salen a la calle a protestar contra las restricciones.
Avanzo con la cabeza más que con los pies.
Vacuna y experimentación en humanos.
Pensar en el trabajador que cede el brazo con que trabaja a un piquete experimental. La extrañeza.
Brazo robusto ofrece gentilmente una vena a elegir.
Lo imagino sosteniendo un cartel en la calle.
Como en muchos países pobres: donde se venden oro y cabello en la misma frase.
Un brazo, ahora.
"Google y Facebook postergan el retorno a las oficinas hasta el 2021".
Los romanos dividían a la población en siete clases.
En latín, proletarii: la clase que no tenía ninguna riqueza; ni tierras ni dinero.
El origen de la palabra proletario es el mismo que el de prole.
El proletario sólo tenía hijos —la prole—; nada más.
Un proletario del siglo XXI sin hijos es un problema etimológico.
Alguien me lo dice al oído.
Hoy las personas sonríen de un modo desequilibrado.
Ahora, cuando ríen, ríen un poco más de lo necesario.
Como si hubieran revuelto la risa con el llanto.
Han perdido el dominio de los principales músculos del rostro.
Los músculos de la cara cayeron al suelo y ahora están confundidos.
Tal vez en posiciones equivocadas.
En cierta ciudad de Indonesia a quien rompa las reglas del confinamiento lo encierran en una casa embrujada.
No hay casas embrujadas para todos.
Las calles recuperan el sonido poco a poco.
Imágenes de Venecia en silencio.
Marinetti proponía que los canales de Venecia se vaciaran por completo y después se taparan con cemento.
Así, afirmaba, sería posible construir allí fábricas y producir algo útil.
Manifiestos, manifiestos.
Miro hacia abajo. Los pies, desentrenados, buscan el viejo camino.
¿Para qué sirve la belleza cuando todos están en casa?
Otra pregunta posible.
Curioso ver el sonido que los seres humanos ponen en movimiento allá afuera y que desaparece cuando se recogen en sus cuartos y ventanas.
El bosque, en comparación con la ciudad, es mudo.
Para el ser humano, el ruido y la palabra son formas de no sentirse solo.
Y de afirmar que no está en el bosque.
Pero una mudez de bosque ha estado saliendo de la casa a la ciudad en estos días.
Ahora, en la calle, la gente habla más bajo, como si hubiera alguien dormido.
Más y más noticias, y ahora el muro blanco y dos perras impávidas: sólo entienden el viejo fuego.

Día a día, el gran escritor portugués y maestro del texto breve busca poesía en el sombrío mar de la cuarentena. Infobae reproduce sus columnas, que son originalmente publicadas por Expresso y que, traducidas por Paula Abramo, tomarán forma de libro en interZona.

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